ISRAEL ¿Son los Israelitas el Verdadero Pueblo de Dios? Y si lo son, ¿En que sentido?

Introducción.

 

Hoy en día, muchas personas de la comunidad cristiana cuando se refieren al actual estado de Israel hablan como si este fuera el pueblo de Dios del que habla la biblia. Las personas con esa creencia tienen un grave error de interpretación bíblica. La confusión radica en ignorar la historia del Israel bíblico y el propósito de su existencia; desconocer ambos elementos tiene consecuencias directas en nuestro crecimiento espiritual. Si tuviéramos que responder porque Israel es el pueblo de Dios, obligadamente hay que recurrir a la narración del Antiguo Testamento y no a los anales históricos del moderno Estado de Israel que apenas se establece como nación en 1948. Sin embargo, muchos cristianos ven a los judíos actuales como si estos fueran el verdadero pueblo de Dios. Posiblemente, todo esto tiene su origen en un romanticismo inculcado por la cinema grafía de Hollywood, o quizás esto viene de nuestra infancia cuando se nos enseñó la historia de Abraham, Moisés, de David y Goliat, y todo lo que concierne a aquella gesta cuando Israel es liberado de la esclavitud y los caprichos de un terco faraón.  Lo que nunca se nos enseñó es que estas pequeñas historias eran parte de un «cuadro más grande» que tiene figura de Jesucristo. Así que, hoy en día muchas personas desconectan el evangelio de Jesucristo de la historia del pueblo de Israel y se quedan con la idea que Dios tiene dos pueblos, por un lado, los judíos actuales, y por otro, los cristianos. Esta idea se fortalece dado que la versión de la biblia cristiana está compuesta por el Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, y pensamos que el primero habla de los judíos y el segundo de los cristianos. Por consiguiente, se crea una incoherencia teológica entre la relación de los testamentos, y según la comprendamos, así también será nuestra teología, el evangelio que predicamos, y el estilo de vida cristiana que practicamos.[1]

El Dr. Bruce Longenecker—profesor de distinción internacional de Baylor University, Texas—observa que hoy en día hay dos formas comunes de comprender la relación entre el pueblo judío y el cristianismo:[2]

  • Actualmente, muchos piensan que los judíos siguen siendo el pueblo especial de Dios y que por ser judíos tienen un estatus preferido ante Dios. Los ven herederos de la vida eterna sin necesidad de creer en Jesús como el Mesías enviado por Dios. Los de esta perspectiva ven que el evangelio predicado por Pablo y los otros apóstoles era solamente para los Gentiles y no para los judíos y por lo tanto hay dos sistemas de salvación, una sería el judaísmo y la otra el cristianismo.
  • La otra forma de comprender la relación entre judíos y cristianos es aquella en que el pueblo cristiano reemplaza el pueblo judío. Ahora los cristianos son el pueblo favorito de Dios y su especial tesoro. Los judíos por no haber creído en Jesús como el Hijo de Dios fueron desechados como pueblo de Dios. El mensaje de salvación solamente es canalizado por el evangelio el cual es proclamado única y exclusivamente por el cristianismo.

Aunque las dos descripciones mencionadas son tendencias comunes en la comunidad cristiana, hay una explicación más integral para comprender a Israel como el pueblo de Dios. Este articulo pretende revisar brevemente la historia de Israel tomando como referencia momentos específicos en los cuales Dios estaba conduciendo a Israel a un clímax en la historia humana, es decir, al establecimiento de Jesús como Rey universal. Una apreciación más completa de la historia nos va demostrar: a) Que ninguna de las descripciones recién mencionadas es legítima para comprender el papel del pueblo de Israel. b) Que la historia demuestra que tanto el Israel antiguo como la iglesia son un solo pueblo en Cristo Jesús. Y c) Que la historia del antiguo Israel es vital para comprender la obra de Dios en Cristo Jesús.

 

¿Por qué Dios eligió a Israel y para qué?

 

La existencia de Israel no tiene sentido cuando desconocemos por qué Dios eligió a los israelitas y para que propósito los seleccionó. ¡No saber responder a estas preguntas es comparable con alguien que invierte en la construcción de un edificio y después no sabe para que lo construyó! Es absurdo pensar que lo construyo para que las personas pudieran contemplarlo. De igual forma, detrás de cada personaje en la historia bíblica había un propósito divino. Juan el Bautista no se puso a bautizar gente simplemente para ver qué pasaría. Así también, Dios no eligió a los israelitas simplemente para que los gentiles sepan que Dios tiene un pueblo favorito.

 

¿Porque Dios eligió a Israel?

No fue porque los israelitas tenían algún tipo de cualidades espirituales, ni alguna santidad mágica o favoritismo divino que los distinguían de otros pueblos, más bien, Dios les dice:

No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos.” (Deuteronomio 7:7).

El siguiente versículo, Deuteronomio 7:8, nos revela el por qué Dios eligió a Israel:

“sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres”

Este juramento es la promesa dada por Dios a Abraham:

“En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”[3]

Amor y juramento no se pueden separar. Dios ama a Israel en base a la palabra que le dio a Abraham de que en su simiente bendeciría a todas las naciones. Dicho de otra forma, el amor de Dios es canalizado por una promesa que apunta bendición a todas las naciones; no podemos limitarlo a una nación en particular.[4] Por esta razón Dios saco a los israelitas de Egipto:

Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.” (Éxodo 2:24-25).

Los hijos de Israel se habían multiplicado en gran manera y este pueblo es el que salió de Egipto sin ningún tipo de formación cívica más que con toda la cultura religiosa y social de los egipcios. Jehová Dios tuvo que lidiar con este pueblo a quien en muchas ocasiones lo llamo pueblo de dura cerviz.[5]

 

¿Cuál fue el propósito que Dios de elegir a Israel?

Si la promesa no buscaba bendecir un pueblo sino a todas las naciones de la tierra, el propósito de elección naturalmente tenía que centrarse en función de esa bendición global:

“Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.” (Éxodo 19:5-6).

El propósito es que Israel fue llamado a ser un reino de sacerdotes y gente santa, el cual no fue para auto bendecirse, sino para ser de bendición a todas las naciones de la tierra. En los tiempos antiguos, el sacerdote era uno que, en virtud de tener acceso directo con Dios, fungía como el representante de Dios ante su pueblo. De la misma forma, Israel—como un reino de sacerdotes—fue escogido para representar a Dios ante toda la tierra. Israel estaba supuesto a ser luz a las naciones por medio de cumplir su vocación de ser un reino de sacerdotes.

Es importante saber que este propósito de elección está profundamente arraigado a la narrativa de la creación. Dios mandó al hombre a multiplicarse y llenar la tierra, a señorear y sojuzgar sobre ella.[6] El eminente Dr. Tom Wright, que ha encabezado muchos de los avances del Nuevo Testamento, explica:

 “dentro de esta narrativa, la creación misma es comprendida como una clase de Templo, una dualidad cielo—y—tierra, donde los humanos funcionan como los portadores de la imagen de Dios en un Templo cósmico, siendo parte de la tierra, y con todo, reflejando la vida y el amor del cielo”[7]

Cuando de génesis aprendemos que Adán y Eva se desvían, Dios llama a Abraham para remediar el problema de la caída o de la falla.[8] Solo que esta vez hay una promesa divina, es decir, falle o no falle el ser humano, Dios va a cumplir su promesa de bendecir las naciones a través de la simiente de Abraham. Con el pasar de los años, los israelitas interpretaron que ellos eran los dueños absolutos de la promesa divina y albergaron la esperanza que Dios los pondría por encima de todas las naciones. Sin duda, Dios cumplió su promesa, pero no como Israel se lo imaginó, sino mas bien dentro del contexto de la larga historia de un pueblo que encontró su destrucción en el año 70 D.C.

 

Israel es insertado en el centro del mundo antiguo, la tierra de Canaán.

Históricamente, la vocación de Israel de ser un reino de sacerdotes era para que todas las otras naciones pudieran reconocer que el único y verdadero Dios era el Dios de Israel. Para lograr tal propósito, Israel es destinado a poseer la tierra de Canaán localizada más o menos en el centro de la civilización del mundo antiguo. Luego, por medio de un gobierno basado en la sabiduría y la justicia de Dios—afín con un reino de sacerdotes—este pueblo estaba destinado a convertirse en un estado poderoso donde impere la sabiduría y la justicia de Dios; de esta forma, Israel seria luz a todas las naciones del mundo antiguo.[9]

Así pues, a Israel se le asigna un propósito divino cuyo fin era impactar a la civilización antigua que estaba imbuida en la inseguridad, la paranoia de la idolatría, y el despotismo de reyes inescrupulosos. Desde el punto de vista meramente humano, a aquel pueblo, recién liberado de la esclavitud, le tocó hacer frente a una misión imposible. Era de esperar que, para lograr tal fin, requería la ayuda del poder sobrenatural de Dios.[10] Así pues, Israel fue insertado en el centro del mundo antiguo, el cual, a través de los siglos tuvo que enfrentarse a la ideología de imperios poderosos tales como los fenicios, asirios, babilonios, y egipcios.

Naturalmente, en dichos enfrentamientos estaban en juego intereses de todo tipo, siendo los más destacables el religioso, el económico, y el militar. La misión que tuvo Israel se me parece mucho al plan de ataque que tuvieron que ejecutar las fuerzas aliadas cuando invadieron la Francia ocupada por los alemanes. Los aliados tenían que hacer una cabeza de playa, es decir, ellos tenían que crear un espacio de tierra donde los soldados aliados pudieran entrar a territorio francés y desde este punto penetrar todos los territorios que estaban bajo dominio alemán; esa operación militar cobro la vida de miles de soldados aliados. De igual forma, la tierra que fluye leche y miel no era un jardín de rosas, ni a una cadena de hoteles de cinco estrellas. Israel tuvo que conquistar esa porción de tierra, y esto apenas era el inicio de una misión que sin Dios era imposible de lograr. El problema surgió que cuando Israel tomo posesión de la tierra cometió el error capital que los condujo a su caída y eventualmente su fin: cambiaron el gobierno de Dios por el gobierno de un ser humano.

 

El cambio no esperado que marca la historia de Israel: Dios es desechado por su pueblo.

Después de la etapa de conquista de la tierra de Canaán, los israelitas iniciaron el proceso de asentamiento. El territorio conquistado fue dividido entre las 12 tribus y el vínculo entre ellas era su relación al pacto que Dios había hecho con Israel por medio de Moisés. En este tiempo Dios mismo era su gobernante y juez, y la ley Mosaica era su constitución. Este periodo duró unos 200 años,[11] el cual se destacó por el liderazgo de hombres y mujeres dotados por Dios para juzgar a su pueblo y de vez en cuando liberarlos de la opresión de sus enemigos. Paralelamente al proceso de conformación del estado de Israel, las naciones vecinas iniciaron un desarrollo social y militar que con el tiempo se convirtieron en una seria amenaza a la integridad del naciente estado de Israel.

Ahora bien, Israel entro a Canaán en un tiempo cuando en el mundo se pensaba que el líder militar—en tal caso el rey—era el contacto con los dioses.  Aquellos pueblos  creían que sus dioses actuaban por medio de sus reyes, y cuando una nación ganaba una guerra, era porque el dios de la nación vencedora era más poderoso que el de la nación derrotada.  Contrario a este patrón de pensamiento antiguo, Dios actuaba en Israel a través del liderazgo sacerdotal. Sin embargo, pasado el tiempo y ya asentados los israelitas en Canaán, se presentó una crisis de liderazgo[12] que, combinada con la débil unidad entre las tribus, dio como resultado que Israel abandonara la visión basada en la guía sacerdotal. Como solución a la crisis, los israelitas pidieron rey con el fin de centralizar el gobierno y ser dirigidos eficazmente en las batallas. Además, conforme al pensamiento de las otras naciones, un rey les proveería el enlace perfecto con Dios.

Inicialmente Dios se opuso a la petición de Israel, pero los israelitas insistieron en la idea diciendo:

“No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones.”[13]

¿Que implicaba este cambio? Que el propósito de ser un reino de sacerdotes sería remplazado por un sistema de gobierno humano.  Ahora Israel, en vez continuar con el rol que lo distinguía de las otras naciones, quiere ser como las otras naciones. La historia cuyo destino era triunfo y gloria, ahora Israel, irreversiblemente la ha destinado hacia un gobierno humano que con el tiempo les traería servilismo, opresión, y camino de muerte[14]. La respuesta que Dios les da por medio del profeta Samuel nos dice mucho para poder comprender la gravedad de la petición de Israel:

Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.”[15]

¿Cómo puede Israel ser de bendición a todas las naciones cuando ha desechado al que bendice? Era de esperarse que un rey, en virtud de su naturaleza humana, seria inconstante en todos sus caminos y efectivamente esa falta de constancia caracterizó a todos los reyes de Israel antes de la llegada de Jesús.

 

El Pacto de Dios con el rey David.

La petición de tener un rey truncó el modus operandi divino que se daba entre Dios y un reino de sacerdotes. Sin embargo, Dios permitió que Israel continuara su curso de ser gobernados por un rey, aunque la decisión de Israel iba conllevar un alto costo de sufrimiento, exilio y muerte. Esta dolorosa ruta se le avecinaba a Israel por la simple y sencilla razón de que la fe de Israel iba ser retada por el expansionismo de los poderosos imperios de Asiria y Babilonia. Una comparación del contexto de Israel con tiempos modernos es como si una nación de alto desarrollo militar le declare la guerra a uno de los países mas pobres del globo terrestre. Las posibilidades que triunfe la pequeña nación es virtualmente cero. El caso es que Israel tenía encomendado el propósito no de permanecer estático sino a impactar al mundo como nación y para esto necesitaba de un poder sobrenatural que lo ampare, en este caso, el Dios que habían desechado.

Ahora bien, dada la situación que se le avecinaba a Israel, Dios procedió con implementar un plan el cual consistió en un pacto. La idea del pacto era crear una esperanza que iba mantener a los israelitas motivados a existir durante muchos años en el contexto violento del mundo antiguo, mientras llegaba el momento de la restauración de Israel. Por lo cual, Dios hace un pacto con el rey de Israel—el rey David—el cual consistió en la promesa de un Rey con un reino sempiterno:

“Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.” 2 Samuel 7:16

De este pacto los israelitas siempre mantuvieron la creencia de que el rey prometido gobernaría políticamente a Israel siempre sería un derecho dado a los descendientes de David.[16] El caso es que sin el liderazgo sobrenatural de un rey (el Mesías prometido) y saber que el gran problema de Israel—desde que salió de Egipto—fue que su fe se quebrantaba ante las condiciones adversas, es de preguntarse, ¿Había esperanza en un Israel que sin su Rey prometido llegaría a ser luz del mundo?

La caída de Israel.

 

Cuando Salomón sucesor del rey David falleció, Israel se dividió en dos reinos quedando 10 tribus al norte llamadas Israel y dos tribus al sur llamadas Judá. En el año 720 A.C. las 10 tribus del norte fueron llevadas en cautiverio por el imperio Asirio, las cuales fueron esparcidas por tierras lejanas y nunca más se supo de ellos. Con esta invasión Israel perdió el 85 % de su población quedando solamente Judá que no opuso resistencia al  Imperio Asirio y aceptó el roll de ser vasallo. Por consiguiente, y desde aquel entonces, Judá vino a representar al pueblo de Israel. Luego, llegaron los babilónicos, los cuales se desarrollaron como potencia y derrota el imperio Asirio. En el año 587 A.C. Babilonia arrasa, destruye y se lleva en cautiverio a Judá, no sin antes destruirles el templo construido por Salomón. En el año 539 A.C., los persas derrotan el imperio Babilónico, y en el 537 A.C., Ciro el Grande, rey de Persia, les concede a los judíos regresar a su tierra, pero siempre bajo su dominio. A su regreso, los judíos nuevamente edificaron lo que históricamente le llaman el Segundo Templo liderado por Nehemías, sin embargo, no podían poner rey porque Ciro les dijo que no pongan rey. Posiblemente por esta razón los judíos comenzaron a usar el termino Mesías, como una forma encubierta de hablar de la posibilidad del rey sempiterno que Dios les había prometido. En el año 336 A.C. viene la conquista de los griegos con Alejandro Magno. Luego, Egipto domino el tercer siglo y Siria en el segundo hasta que finalmente los israelitas caen bajo el yugo Romano en el año 63 A.C. Durante todos estos años Israel siempre estuvo bajo el dominio de otras naciones, pagando tributo, y sin derecho a tener rey. La dinastía Herodiana de los tiempos de Jesús eran simplemente funcionarios del imperio romano. Lo único que se les permitió a los judíos fue mantener su religión liderada por sacerdotes, y que con el pasar de los siglos evolucionó a lo que hoy conocemos como judaísmo.

La “consumación” de Israel.

 

La creencia judía de sentirse el pueblo único de Dios y al mismo tiempo vivir bajo el dominio de naciones extranjeras fue un germen latente, que repetidas veces y en varios momentos históricos, propició levantamientos y revueltas militares que buscaban la independencia de la nación Judía. Para el tiempo del Imperio romano, debido al clima hostil caracterizado por rebeliones, Roma decidió hacer de Judea una provincia y designo prefectos en el cual aparece Poncio Pilato en los años 26-32 D.C. En el año 66 D.C. los judíos hicieron una revuelta que vino a concluir en el año 70 D.C., cuando Jerusalén fue tomada y destruida por los romanos. En esta ocasión, el segundo templo, construido con Nehemías, es totalmente destruido—tal a como el Señor Jesús lo había profetizado que no quedaría piedra sobre piedra. Se estima que aproximadamente murieron un millón de judíos y los sobrevivientes fueron vendidos esclavos y esparcidos a otras naciones. Aunque quedo un remanente esparcido por la tierra, para el año 135 D.C. en un último esfuerzo de levantamiento armado, los judíos fueron desterrados de palestina y los Romanos cambiaron el nombre de la ciudad de Jerusalén y le pusieron Aelia Capitolina y de esta forma erradicaron la presencia de los judíos de la tierra que fluye leche y miel.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!

 

La historia nos revela que los israelitas nunca pudieron impactar al mundo. Cienes de años en exilio y cautiverio no calzan con el propósito por el cual Israel fue llamado, ni con la promesa de bendición mundial. Como hemos dicho antes, Israel necesitaba un poder sobrenatural con ellos, que tanto el rey humano como el pueblo no poseían sino el Dios al cual ellos habían rechazado. Durante todos esos años de exilio y sometimiento muchos profetas fueron enviados por Dios anunciándo juicio para Israel y un nuevo comienzo:

“Y desampararé el resto de mi heredad, y lo entregaré en manos de sus enemigos; y serán para presa y despojo de todos sus adversarios; por cuanto han hecho lo malo ante mis ojos, y me han provocado a ira, desde el día que sus padres salieron de Egipto hasta hoy. Fuera de esto, derramó Manasés mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo; además de su pecado con que hizo pecar a Judá, para que hiciese lo malo ante los ojos de Jehová.” (2Reyes 21:14-16)

Los que no le han dado seguimiento a la historia de Israel, pasan por alto muchos pasajes bíblicos que pronuncian juicio contra este pueblo. Los autores de estos pasajes fueron profetas enviados por Dios y cuyas voces fueron silenciadas violentamente por la aristocracia religiosa de Israel. Entre ellos Habacuc, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Miqueas, Amos, Juan el Bautista y finalmente a Jesús el Mesías. Muchos lectores tienen el habito de seleccionar un par de versículos de los libros proféticos donde se anuncia un renuevo o restauración para Israel. Estos pasajes en vez de ser asociados con Jesús y la llegada del Reino de Dios, los asocian con el Israel actual, este error de interpretación es catastrófico: [17]

 “Días vendrán cuando Jacob echara raíces, florecerá y echara renuevos Israel, y la faz del mundo llenara de frutos.” Is. 27:6

Y si quedare aún en ella la décima parte, ésta volverá a ser destruida; pero como el roble y la encina, que al ser cortados aún queda el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” Is. 6:13

Todas estas profecías de un nuevo Israel se referían a la llegada de Jesús el Mesías que traía un llamado a Israel a seguirlo para escapar la destrucción que se avecinaba en el año 70 D.C. Por eso Jesús dijo a los judíos que él es el cumplimiento de la ley y los profetas. Es aquí donde se desarrolla el drama conmovedor de un Israel que presencio la entrada de su Rey a Jerusalén, y que entre sollozos expresaba el profundo amor que Dios tenia por ellos:

!Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (Mateo 23:37)

Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: !!Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación. (Lucas 19:41-44)

Jesús se refería a la destrucción del año 70 D.C que venía sobre Jerusalén. Este joven profeta y rey, infinitamente poderoso y completamente humano, que fue injustamente ajusticiado por los judíos y brutalmente ejecutado en una cruz, fue identificado por el imperio romano como el Rey de los Judíos.

Cuando este Jesús resucita al tercer día, se da un nuevo comienzo al plan original. Jesús es el retoño de Israel anunciado por los profetas. La historia del mundo cambio en el año 30 D.C. Los 12 discípulos de Jesús—los cuales son judíos—vienen a simbolizar las doce tribus de Israel y a conformar el nuevo Israel. Es en Jesús, el Cristo, que Dios demostró ser fiel a su pueblo. Lo que el Israel antiguo no pudo lograr en sus  1500 años de existencia, lo logro el renuevo de Israel, a decir, el cristianismo. La iglesia de Jesús el Mesías—el renuevo de Israel—además de derrotar el imperio más poderoso de la historia humana sin usar de la espada, ha llegado a ser la luz del mundo, al punto que hoy en día todas las naciones saben que el Mesías es el Rey del mundo y se llama Jesús, y su pueblo es tan numeroso como la arena del mar y las estrellas del cielo. Es en Cristo Jesús que Dios vuelve a constituir al tema de reyes y sacerdotes a todas las naciones.

 

Conclusión.

 

Dentro de la historia de salvación, la significancia de Israel como pueblo escogido y especial tesoro fue confinada a un tiempo en específico. Su punto de partida se inició con la promesa que Dios le hizo a Abraham y culminó con la venida del Mesías. Israel es, por lo tanto, la historia temporal de un pueblo que Dios eligió para que el nuevo Israel—el cristianismo—pudiera hacer sentido de la vida, muerte, y resurrección de Jesús el Mesías. De esta forma, la historia del Israel antiguo es un tesoro que los cristianos heredamos. Quisiera concluir ilustrando la significancia de Israel en la historia comparándola con las carreras de relevo. En las carreras de relevo un primer participante recorre una distancia determinada, luego pasa al siguiente corredor un tubo llamado Testigo—a este punto el primer participante deja de correr, porque la carrera paso a manos del que lleva el testigo—y así sucesivamente hasta llegar a la meta. De igual forma es con la historia del pueblo de Dios, Israel corrió y le paso el Testigo (el evangelio) a Jesús, luego Jesús se lo paso a la iglesia, ahora es la iglesia la que corre hacia la meta.[18] Usando la analogía de las carreras de relevo, podemos apreciar que tanto el Israel antiguo, como Jesús y la iglesia son parte de un mismo equipo—no hay dos pueblos de Dios, ni un reemplazo. El Israel antiguo y la iglesia son una misma simiente, pero en este momento el que tiene el Testigo y está corriendo es la iglesia de Jesús el Rey. La iglesia de Cristo no puede existir sin la historia de Israel que se escribió antes de la llegada de nuestro Salvador, pero la Iglesia puede perfectamente existir y ser un reino de sacerdotes sin la conformación del moderno estado de Israel.

[1] Richard N. Longenecker Three Ways of Understanding Relations between the Testaments: Historically and Today, in Tradition and Interpretation in the New Testament (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1987) p. 22.

[2] Bruce Longenecker Thinking Through Paul: A Survey of His Life, Letters, and Theology (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2014) p. 324

[3] Genesis 22:18; 26:4; 28:14.

[4] “Porque de tal manera amo Dios al mundo.” Juan 3:16

[5] Exodo 32:9; 33:3, 5; Deut. 31:27.

[6] Genesis 1:28.

[7] N. T. Wright, The Day the Revolution Began (San Francisco: HarperOne, 2016); p. 76

[8] N.T. Wright, Paul In Fresh Perspective (Minneapolis: Fortress Press, First Edition 2009) p. 109

[9] Deuteronomio 6: 18-19.

[10] Josué 1:9, 3:10.  1 Reyes 10:23

[11] G.J. Wenham, J.A. Motyer, D.A. Carson, y R.T. France. (2003) Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno Antiguo Testamento. (Texas: Editorial Mundo Hispano, 2003). p 587

[12] 1 Samuel 8:5

[13] 1 Samuel 8:19-20.

[14] 1 Samuel 8:11-18

[15] 1 Samuel 8:7.

[16] Claramente en los evangelios. Ver Mateo 1:1, 9:27, 12:23, 15:22, 20:30-31, etc.

[17] Is. 11:1-2, 9:6-7, 44:1-5; Jeremías. 33:17, 22, 25-26

[18] Filipenses 3:13-14.

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