ISRAEL ¿Son los Israelitas el Verdadero Pueblo de Dios? Y si lo son, ¿En que sentido?

Introducción.

 

Hoy en día, muchas personas de la comunidad cristiana cuando se refieren al actual estado de Israel hablan como si este fuera el pueblo de Dios del que habla la biblia. Las personas con esa creencia tienen un grave error de interpretación bíblica. La confusión radica en ignorar la historia del Israel bíblico y el propósito de su existencia; desconocer ambos elementos tiene consecuencias directas en nuestro crecimiento espiritual. Si tuviéramos que responder porque Israel es el pueblo de Dios, obligadamente hay que recurrir a la narración del Antiguo Testamento y no a los anales históricos del moderno Estado de Israel que apenas se establece como nación en 1948. Sin embargo, muchos cristianos ven a los judíos actuales como si estos fueran el verdadero pueblo de Dios. Posiblemente, todo esto tiene su origen en un romanticismo inculcado por la cinema grafía de Hollywood, o quizás esto viene de nuestra infancia cuando se nos enseñó la historia de Abraham, Moisés, de David y Goliat, y todo lo que concierne a aquella gesta cuando Israel es liberado de la esclavitud y los caprichos de un terco faraón.  Lo que nunca se nos enseñó es que estas pequeñas historias eran parte de un «cuadro más grande» que tiene figura de Jesucristo. Así que, hoy en día muchas personas desconectan el evangelio de Jesucristo de la historia del pueblo de Israel y se quedan con la idea que Dios tiene dos pueblos, por un lado, los judíos actuales, y por otro, los cristianos. Esta idea se fortalece dado que la versión de la biblia cristiana está compuesta por el Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, y pensamos que el primero habla de los judíos y el segundo de los cristianos. Por consiguiente, se crea una incoherencia teológica entre la relación de los testamentos, y según la comprendamos, así también será nuestra teología, el evangelio que predicamos, y el estilo de vida cristiana que practicamos.[1]

El Dr. Bruce Longenecker—profesor de distinción internacional de Baylor University, Texas—observa que hoy en día hay dos formas comunes de comprender la relación entre el pueblo judío y el cristianismo:[2]

  • Actualmente, muchos piensan que los judíos siguen siendo el pueblo especial de Dios y que por ser judíos tienen un estatus preferido ante Dios. Los ven herederos de la vida eterna sin necesidad de creer en Jesús como el Mesías enviado por Dios. Los de esta perspectiva ven que el evangelio predicado por Pablo y los otros apóstoles era solamente para los Gentiles y no para los judíos y por lo tanto hay dos sistemas de salvación, una sería el judaísmo y la otra el cristianismo.
  • La otra forma de comprender la relación entre judíos y cristianos es aquella en que el pueblo cristiano reemplaza el pueblo judío. Ahora los cristianos son el pueblo favorito de Dios y su especial tesoro. Los judíos por no haber creído en Jesús como el Hijo de Dios fueron desechados como pueblo de Dios. El mensaje de salvación solamente es canalizado por el evangelio el cual es proclamado única y exclusivamente por el cristianismo.

Aunque las dos descripciones mencionadas son tendencias comunes en la comunidad cristiana, hay una explicación más integral para comprender a Israel como el pueblo de Dios. Este articulo pretende revisar brevemente la historia de Israel tomando como referencia momentos específicos en los cuales Dios estaba conduciendo a Israel a un clímax en la historia humana, es decir, al establecimiento de Jesús como Rey universal. Una apreciación más completa de la historia nos va demostrar: a) Que ninguna de las descripciones recién mencionadas es legítima para comprender el papel del pueblo de Israel. b) Que la historia demuestra que tanto el Israel antiguo como la iglesia son un solo pueblo en Cristo Jesús. Y c) Que la historia del antiguo Israel es vital para comprender la obra de Dios en Cristo Jesús.

 

¿Por qué Dios eligió a Israel y para qué?

 

La existencia de Israel no tiene sentido cuando desconocemos por qué Dios eligió a los israelitas y para que propósito los seleccionó. ¡No saber responder a estas preguntas es comparable con alguien que invierte en la construcción de un edificio y después no sabe para que lo construyó! Es absurdo pensar que lo construyo para que las personas pudieran contemplarlo. De igual forma, detrás de cada personaje en la historia bíblica había un propósito divino. Juan el Bautista no se puso a bautizar gente simplemente para ver qué pasaría. Así también, Dios no eligió a los israelitas simplemente para que los gentiles sepan que Dios tiene un pueblo favorito.

 

¿Porque Dios eligió a Israel?

No fue porque los israelitas tenían algún tipo de cualidades espirituales, ni alguna santidad mágica o favoritismo divino que los distinguían de otros pueblos, más bien, Dios les dice:

No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos.” (Deuteronomio 7:7).

El siguiente versículo, Deuteronomio 7:8, nos revela el por qué Dios eligió a Israel:

“sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres”

Este juramento es la promesa dada por Dios a Abraham:

“En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”[3]

Amor y juramento no se pueden separar. Dios ama a Israel en base a la palabra que le dio a Abraham de que en su simiente bendeciría a todas las naciones. Dicho de otra forma, el amor de Dios es canalizado por una promesa que apunta bendición a todas las naciones; no podemos limitarlo a una nación en particular.[4] Por esta razón Dios saco a los israelitas de Egipto:

Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.” (Éxodo 2:24-25).

Los hijos de Israel se habían multiplicado en gran manera y este pueblo es el que salió de Egipto sin ningún tipo de formación cívica más que con toda la cultura religiosa y social de los egipcios. Jehová Dios tuvo que lidiar con este pueblo a quien en muchas ocasiones lo llamo pueblo de dura cerviz.[5]

 

¿Cuál fue el propósito que Dios de elegir a Israel?

Si la promesa no buscaba bendecir un pueblo sino a todas las naciones de la tierra, el propósito de elección naturalmente tenía que centrarse en función de esa bendición global:

“Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.” (Éxodo 19:5-6).

El propósito es que Israel fue llamado a ser un reino de sacerdotes y gente santa, el cual no fue para auto bendecirse, sino para ser de bendición a todas las naciones de la tierra. En los tiempos antiguos, el sacerdote era uno que, en virtud de tener acceso directo con Dios, fungía como el representante de Dios ante su pueblo. De la misma forma, Israel—como un reino de sacerdotes—fue escogido para representar a Dios ante toda la tierra. Israel estaba supuesto a ser luz a las naciones por medio de cumplir su vocación de ser un reino de sacerdotes.

Es importante saber que este propósito de elección está profundamente arraigado a la narrativa de la creación. Dios mandó al hombre a multiplicarse y llenar la tierra, a señorear y sojuzgar sobre ella.[6] El eminente Dr. Tom Wright, que ha encabezado muchos de los avances del Nuevo Testamento, explica:

 “dentro de esta narrativa, la creación misma es comprendida como una clase de Templo, una dualidad cielo—y—tierra, donde los humanos funcionan como los portadores de la imagen de Dios en un Templo cósmico, siendo parte de la tierra, y con todo, reflejando la vida y el amor del cielo”[7]

Cuando de génesis aprendemos que Adán y Eva se desvían, Dios llama a Abraham para remediar el problema de la caída o de la falla.[8] Solo que esta vez hay una promesa divina, es decir, falle o no falle el ser humano, Dios va a cumplir su promesa de bendecir las naciones a través de la simiente de Abraham. Con el pasar de los años, los israelitas interpretaron que ellos eran los dueños absolutos de la promesa divina y albergaron la esperanza que Dios los pondría por encima de todas las naciones. Sin duda, Dios cumplió su promesa, pero no como Israel se lo imaginó, sino mas bien dentro del contexto de la larga historia de un pueblo que encontró su destrucción en el año 70 D.C.

 

Israel es insertado en el centro del mundo antiguo, la tierra de Canaán.

Históricamente, la vocación de Israel de ser un reino de sacerdotes era para que todas las otras naciones pudieran reconocer que el único y verdadero Dios era el Dios de Israel. Para lograr tal propósito, Israel es destinado a poseer la tierra de Canaán localizada más o menos en el centro de la civilización del mundo antiguo. Luego, por medio de un gobierno basado en la sabiduría y la justicia de Dios—afín con un reino de sacerdotes—este pueblo estaba destinado a convertirse en un estado poderoso donde impere la sabiduría y la justicia de Dios; de esta forma, Israel seria luz a todas las naciones del mundo antiguo.[9]

Así pues, a Israel se le asigna un propósito divino cuyo fin era impactar a la civilización antigua que estaba imbuida en la inseguridad, la paranoia de la idolatría, y el despotismo de reyes inescrupulosos. Desde el punto de vista meramente humano, a aquel pueblo, recién liberado de la esclavitud, le tocó hacer frente a una misión imposible. Era de esperar que, para lograr tal fin, requería la ayuda del poder sobrenatural de Dios.[10] Así pues, Israel fue insertado en el centro del mundo antiguo, el cual, a través de los siglos tuvo que enfrentarse a la ideología de imperios poderosos tales como los fenicios, asirios, babilonios, y egipcios.

Naturalmente, en dichos enfrentamientos estaban en juego intereses de todo tipo, siendo los más destacables el religioso, el económico, y el militar. La misión que tuvo Israel se me parece mucho al plan de ataque que tuvieron que ejecutar las fuerzas aliadas cuando invadieron la Francia ocupada por los alemanes. Los aliados tenían que hacer una cabeza de playa, es decir, ellos tenían que crear un espacio de tierra donde los soldados aliados pudieran entrar a territorio francés y desde este punto penetrar todos los territorios que estaban bajo dominio alemán; esa operación militar cobro la vida de miles de soldados aliados. De igual forma, la tierra que fluye leche y miel no era un jardín de rosas, ni a una cadena de hoteles de cinco estrellas. Israel tuvo que conquistar esa porción de tierra, y esto apenas era el inicio de una misión que sin Dios era imposible de lograr. El problema surgió que cuando Israel tomo posesión de la tierra cometió el error capital que los condujo a su caída y eventualmente su fin: cambiaron el gobierno de Dios por el gobierno de un ser humano.

 

El cambio no esperado que marca la historia de Israel: Dios es desechado por su pueblo.

Después de la etapa de conquista de la tierra de Canaán, los israelitas iniciaron el proceso de asentamiento. El territorio conquistado fue dividido entre las 12 tribus y el vínculo entre ellas era su relación al pacto que Dios había hecho con Israel por medio de Moisés. En este tiempo Dios mismo era su gobernante y juez, y la ley Mosaica era su constitución. Este periodo duró unos 200 años,[11] el cual se destacó por el liderazgo de hombres y mujeres dotados por Dios para juzgar a su pueblo y de vez en cuando liberarlos de la opresión de sus enemigos. Paralelamente al proceso de conformación del estado de Israel, las naciones vecinas iniciaron un desarrollo social y militar que con el tiempo se convirtieron en una seria amenaza a la integridad del naciente estado de Israel.

Ahora bien, Israel entro a Canaán en un tiempo cuando en el mundo se pensaba que el líder militar—en tal caso el rey—era el contacto con los dioses.  Aquellos pueblos  creían que sus dioses actuaban por medio de sus reyes, y cuando una nación ganaba una guerra, era porque el dios de la nación vencedora era más poderoso que el de la nación derrotada.  Contrario a este patrón de pensamiento antiguo, Dios actuaba en Israel a través del liderazgo sacerdotal. Sin embargo, pasado el tiempo y ya asentados los israelitas en Canaán, se presentó una crisis de liderazgo[12] que, combinada con la débil unidad entre las tribus, dio como resultado que Israel abandonara la visión basada en la guía sacerdotal. Como solución a la crisis, los israelitas pidieron rey con el fin de centralizar el gobierno y ser dirigidos eficazmente en las batallas. Además, conforme al pensamiento de las otras naciones, un rey les proveería el enlace perfecto con Dios.

Inicialmente Dios se opuso a la petición de Israel, pero los israelitas insistieron en la idea diciendo:

“No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones.”[13]

¿Que implicaba este cambio? Que el propósito de ser un reino de sacerdotes sería remplazado por un sistema de gobierno humano.  Ahora Israel, en vez continuar con el rol que lo distinguía de las otras naciones, quiere ser como las otras naciones. La historia cuyo destino era triunfo y gloria, ahora Israel, irreversiblemente la ha destinado hacia un gobierno humano que con el tiempo les traería servilismo, opresión, y camino de muerte[14]. La respuesta que Dios les da por medio del profeta Samuel nos dice mucho para poder comprender la gravedad de la petición de Israel:

Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.”[15]

¿Cómo puede Israel ser de bendición a todas las naciones cuando ha desechado al que bendice? Era de esperarse que un rey, en virtud de su naturaleza humana, seria inconstante en todos sus caminos y efectivamente esa falta de constancia caracterizó a todos los reyes de Israel antes de la llegada de Jesús.

 

El Pacto de Dios con el rey David.

La petición de tener un rey truncó el modus operandi divino que se daba entre Dios y un reino de sacerdotes. Sin embargo, Dios permitió que Israel continuara su curso de ser gobernados por un rey, aunque la decisión de Israel iba conllevar un alto costo de sufrimiento, exilio y muerte. Esta dolorosa ruta se le avecinaba a Israel por la simple y sencilla razón de que la fe de Israel iba ser retada por el expansionismo de los poderosos imperios de Asiria y Babilonia. Una comparación del contexto de Israel con tiempos modernos es como si una nación de alto desarrollo militar le declare la guerra a uno de los países mas pobres del globo terrestre. Las posibilidades que triunfe la pequeña nación es virtualmente cero. El caso es que Israel tenía encomendado el propósito no de permanecer estático sino a impactar al mundo como nación y para esto necesitaba de un poder sobrenatural que lo ampare, en este caso, el Dios que habían desechado.

Ahora bien, dada la situación que se le avecinaba a Israel, Dios procedió con implementar un plan el cual consistió en un pacto. La idea del pacto era crear una esperanza que iba mantener a los israelitas motivados a existir durante muchos años en el contexto violento del mundo antiguo, mientras llegaba el momento de la restauración de Israel. Por lo cual, Dios hace un pacto con el rey de Israel—el rey David—el cual consistió en la promesa de un Rey con un reino sempiterno:

“Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.” 2 Samuel 7:16

De este pacto los israelitas siempre mantuvieron la creencia de que el rey prometido gobernaría políticamente a Israel siempre sería un derecho dado a los descendientes de David.[16] El caso es que sin el liderazgo sobrenatural de un rey (el Mesías prometido) y saber que el gran problema de Israel—desde que salió de Egipto—fue que su fe se quebrantaba ante las condiciones adversas, es de preguntarse, ¿Había esperanza en un Israel que sin su Rey prometido llegaría a ser luz del mundo?

La caída de Israel.

 

Cuando Salomón sucesor del rey David falleció, Israel se dividió en dos reinos quedando 10 tribus al norte llamadas Israel y dos tribus al sur llamadas Judá. En el año 720 A.C. las 10 tribus del norte fueron llevadas en cautiverio por el imperio Asirio, las cuales fueron esparcidas por tierras lejanas y nunca más se supo de ellos. Con esta invasión Israel perdió el 85 % de su población quedando solamente Judá que no opuso resistencia al  Imperio Asirio y aceptó el roll de ser vasallo. Por consiguiente, y desde aquel entonces, Judá vino a representar al pueblo de Israel. Luego, llegaron los babilónicos, los cuales se desarrollaron como potencia y derrota el imperio Asirio. En el año 587 A.C. Babilonia arrasa, destruye y se lleva en cautiverio a Judá, no sin antes destruirles el templo construido por Salomón. En el año 539 A.C., los persas derrotan el imperio Babilónico, y en el 537 A.C., Ciro el Grande, rey de Persia, les concede a los judíos regresar a su tierra, pero siempre bajo su dominio. A su regreso, los judíos nuevamente edificaron lo que históricamente le llaman el Segundo Templo liderado por Nehemías, sin embargo, no podían poner rey porque Ciro les dijo que no pongan rey. Posiblemente por esta razón los judíos comenzaron a usar el termino Mesías, como una forma encubierta de hablar de la posibilidad del rey sempiterno que Dios les había prometido. En el año 336 A.C. viene la conquista de los griegos con Alejandro Magno. Luego, Egipto domino el tercer siglo y Siria en el segundo hasta que finalmente los israelitas caen bajo el yugo Romano en el año 63 A.C. Durante todos estos años Israel siempre estuvo bajo el dominio de otras naciones, pagando tributo, y sin derecho a tener rey. La dinastía Herodiana de los tiempos de Jesús eran simplemente funcionarios del imperio romano. Lo único que se les permitió a los judíos fue mantener su religión liderada por sacerdotes, y que con el pasar de los siglos evolucionó a lo que hoy conocemos como judaísmo.

La “consumación” de Israel.

 

La creencia judía de sentirse el pueblo único de Dios y al mismo tiempo vivir bajo el dominio de naciones extranjeras fue un germen latente, que repetidas veces y en varios momentos históricos, propició levantamientos y revueltas militares que buscaban la independencia de la nación Judía. Para el tiempo del Imperio romano, debido al clima hostil caracterizado por rebeliones, Roma decidió hacer de Judea una provincia y designo prefectos en el cual aparece Poncio Pilato en los años 26-32 D.C. En el año 66 D.C. los judíos hicieron una revuelta que vino a concluir en el año 70 D.C., cuando Jerusalén fue tomada y destruida por los romanos. En esta ocasión, el segundo templo, construido con Nehemías, es totalmente destruido—tal a como el Señor Jesús lo había profetizado que no quedaría piedra sobre piedra. Se estima que aproximadamente murieron un millón de judíos y los sobrevivientes fueron vendidos esclavos y esparcidos a otras naciones. Aunque quedo un remanente esparcido por la tierra, para el año 135 D.C. en un último esfuerzo de levantamiento armado, los judíos fueron desterrados de palestina y los Romanos cambiaron el nombre de la ciudad de Jerusalén y le pusieron Aelia Capitolina y de esta forma erradicaron la presencia de los judíos de la tierra que fluye leche y miel.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!

 

La historia nos revela que los israelitas nunca pudieron impactar al mundo. Cienes de años en exilio y cautiverio no calzan con el propósito por el cual Israel fue llamado, ni con la promesa de bendición mundial. Como hemos dicho antes, Israel necesitaba un poder sobrenatural con ellos, que tanto el rey humano como el pueblo no poseían sino el Dios al cual ellos habían rechazado. Durante todos esos años de exilio y sometimiento muchos profetas fueron enviados por Dios anunciándo juicio para Israel y un nuevo comienzo:

“Y desampararé el resto de mi heredad, y lo entregaré en manos de sus enemigos; y serán para presa y despojo de todos sus adversarios; por cuanto han hecho lo malo ante mis ojos, y me han provocado a ira, desde el día que sus padres salieron de Egipto hasta hoy. Fuera de esto, derramó Manasés mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo; además de su pecado con que hizo pecar a Judá, para que hiciese lo malo ante los ojos de Jehová.” (2Reyes 21:14-16)

Los que no le han dado seguimiento a la historia de Israel, pasan por alto muchos pasajes bíblicos que pronuncian juicio contra este pueblo. Los autores de estos pasajes fueron profetas enviados por Dios y cuyas voces fueron silenciadas violentamente por la aristocracia religiosa de Israel. Entre ellos Habacuc, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Miqueas, Amos, Juan el Bautista y finalmente a Jesús el Mesías. Muchos lectores tienen el habito de seleccionar un par de versículos de los libros proféticos donde se anuncia un renuevo o restauración para Israel. Estos pasajes en vez de ser asociados con Jesús y la llegada del Reino de Dios, los asocian con el Israel actual, este error de interpretación es catastrófico: [17]

 “Días vendrán cuando Jacob echara raíces, florecerá y echara renuevos Israel, y la faz del mundo llenara de frutos.” Is. 27:6

Y si quedare aún en ella la décima parte, ésta volverá a ser destruida; pero como el roble y la encina, que al ser cortados aún queda el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” Is. 6:13

Todas estas profecías de un nuevo Israel se referían a la llegada de Jesús el Mesías que traía un llamado a Israel a seguirlo para escapar la destrucción que se avecinaba en el año 70 D.C. Por eso Jesús dijo a los judíos que él es el cumplimiento de la ley y los profetas. Es aquí donde se desarrolla el drama conmovedor de un Israel que presencio la entrada de su Rey a Jerusalén, y que entre sollozos expresaba el profundo amor que Dios tenia por ellos:

!Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (Mateo 23:37)

Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: !!Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación. (Lucas 19:41-44)

Jesús se refería a la destrucción del año 70 D.C que venía sobre Jerusalén. Este joven profeta y rey, infinitamente poderoso y completamente humano, que fue injustamente ajusticiado por los judíos y brutalmente ejecutado en una cruz, fue identificado por el imperio romano como el Rey de los Judíos.

Cuando este Jesús resucita al tercer día, se da un nuevo comienzo al plan original. Jesús es el retoño de Israel anunciado por los profetas. La historia del mundo cambio en el año 30 D.C. Los 12 discípulos de Jesús—los cuales son judíos—vienen a simbolizar las doce tribus de Israel y a conformar el nuevo Israel. Es en Jesús, el Cristo, que Dios demostró ser fiel a su pueblo. Lo que el Israel antiguo no pudo lograr en sus  1500 años de existencia, lo logro el renuevo de Israel, a decir, el cristianismo. La iglesia de Jesús el Mesías—el renuevo de Israel—además de derrotar el imperio más poderoso de la historia humana sin usar de la espada, ha llegado a ser la luz del mundo, al punto que hoy en día todas las naciones saben que el Mesías es el Rey del mundo y se llama Jesús, y su pueblo es tan numeroso como la arena del mar y las estrellas del cielo. Es en Cristo Jesús que Dios vuelve a constituir al tema de reyes y sacerdotes a todas las naciones.

 

Conclusión.

 

Dentro de la historia de salvación, la significancia de Israel como pueblo escogido y especial tesoro fue confinada a un tiempo en específico. Su punto de partida se inició con la promesa que Dios le hizo a Abraham y culminó con la venida del Mesías. Israel es, por lo tanto, la historia temporal de un pueblo que Dios eligió para que el nuevo Israel—el cristianismo—pudiera hacer sentido de la vida, muerte, y resurrección de Jesús el Mesías. De esta forma, la historia del Israel antiguo es un tesoro que los cristianos heredamos. Quisiera concluir ilustrando la significancia de Israel en la historia comparándola con las carreras de relevo. En las carreras de relevo un primer participante recorre una distancia determinada, luego pasa al siguiente corredor un tubo llamado Testigo—a este punto el primer participante deja de correr, porque la carrera paso a manos del que lleva el testigo—y así sucesivamente hasta llegar a la meta. De igual forma es con la historia del pueblo de Dios, Israel corrió y le paso el Testigo (el evangelio) a Jesús, luego Jesús se lo paso a la iglesia, ahora es la iglesia la que corre hacia la meta.[18] Usando la analogía de las carreras de relevo, podemos apreciar que tanto el Israel antiguo, como Jesús y la iglesia son parte de un mismo equipo—no hay dos pueblos de Dios, ni un reemplazo. El Israel antiguo y la iglesia son una misma simiente, pero en este momento el que tiene el Testigo y está corriendo es la iglesia de Jesús el Rey. La iglesia de Cristo no puede existir sin la historia de Israel que se escribió antes de la llegada de nuestro Salvador, pero la Iglesia puede perfectamente existir y ser un reino de sacerdotes sin la conformación del moderno estado de Israel.

[1] Richard N. Longenecker Three Ways of Understanding Relations between the Testaments: Historically and Today, in Tradition and Interpretation in the New Testament (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1987) p. 22.

[2] Bruce Longenecker Thinking Through Paul: A Survey of His Life, Letters, and Theology (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2014) p. 324

[3] Genesis 22:18; 26:4; 28:14.

[4] “Porque de tal manera amo Dios al mundo.” Juan 3:16

[5] Exodo 32:9; 33:3, 5; Deut. 31:27.

[6] Genesis 1:28.

[7] N. T. Wright, The Day the Revolution Began (San Francisco: HarperOne, 2016); p. 76

[8] N.T. Wright, Paul In Fresh Perspective (Minneapolis: Fortress Press, First Edition 2009) p. 109

[9] Deuteronomio 6: 18-19.

[10] Josué 1:9, 3:10.  1 Reyes 10:23

[11] G.J. Wenham, J.A. Motyer, D.A. Carson, y R.T. France. (2003) Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno Antiguo Testamento. (Texas: Editorial Mundo Hispano, 2003). p 587

[12] 1 Samuel 8:5

[13] 1 Samuel 8:19-20.

[14] 1 Samuel 8:11-18

[15] 1 Samuel 8:7.

[16] Claramente en los evangelios. Ver Mateo 1:1, 9:27, 12:23, 15:22, 20:30-31, etc.

[17] Is. 11:1-2, 9:6-7, 44:1-5; Jeremías. 33:17, 22, 25-26

[18] Filipenses 3:13-14.

Violencia, Sacrificio, y el Rol de la Justicia de Dios.

Introducción.

En una ocasión Jesús reprendió a los Fariseos de hipócritas porque colaban el mosquito y tragaban el camello—ambos, insecto y animal eran abominación según la ley.[1] Estas palabras surgen en un contexto en el cual Jesús argumentaba que lo central e importante de la ley era la justicia, la misericordia, y la fidelidad. El problema es que los Fariseos tenía una comprensión de la Tora mal enfocada y de esta forma ellos estaban creando una distorsión masiva de la voluntad de Dios para la humanidad. En nuestros días, nosotros podemos caer en el mismo error. Sin ninguna mala intensión más que por ignorancia, gran parte del evangelio que se predica está enfocado en nutrir una espiritualidad privada como una forma de escapar a la realidad de este mundo e irse al cielo después de la muerte. Pero la voluntad de Dios no es que nos escapemos del mundo sino a confrontar al mundo y triunfar sobre él, como dijo Jesús, “Yo he vencido al mundo.” El triunfo de Dios apunta hacia una restauración cósmica, es decir, hacia la creación de nuevo cielo y tierra nueva.[2]  Por lo tanto, el evangelio es un poder que tiene como objetivo restaurar una creación que se autodestruye. Veámoslo con la siguiente pregunta, ¿Si el evangelio es la solución, cual es el problema? Lógicamente es el pecado, pero el pecado tiene forma de mosquito y forma de camello. El problema es que estamos colando el mosquito y nos estamos tragando el camello, y ese camello se llama violencia.

 

La violencia humana es un mal que históricamente ha exhibido su mayor fuerza contra las personas que jugaron el rol más importante en la constitución del evangelio, me refiero a Juan el Bautista y a Jesús. En el asesinato de ambos, notemos como la agenda de Dios confronta la presencia de la violencia humana: Poco antes que Juan el Bautista fuera violentamente decapitado, Jesús dijo, “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.”[3] No mucho después el mismo Jesús fue violentamente crucificado en una cruz romana ante un pueblo que, aunque se consideraba elegido por Dios, gritaba, “su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”[4] Como resultado de esta barbarie, la cruz—no la cruz que hoy en día hemos domesticado o usado con fines decorativos, sino aquella cruz que en el primer siglo representaba la brutalidad de la violencia humana—ocupo un rol central en la proclamación del evangelio, “porque me propuse no saber nada entre ustedes, sino a Jesucristo, y a éste crucificado.”[5] ¿Porque la cruz? Porque la crucifixión inequívocamente denuncia el grotesco mal innato en el ser humano, la violencia.

 

Lo que sigue de este ensayo es el análisis de un ritual que encontramos en Deuteronomio 21, el cual tiene que ver con la vocación de Israel de ejercer la justicia de Dios en la tierra. Después, quiero hacer referencia de algunos aspectos críticos concernientes a la violencia contemporánea. Finalmente, quiero concluir describiendo nuestras debilidades como iglesia y el reto que tenemos de frente como pueblo de Dios.

 1. La violencia en la antigüedad: Sacrificio vs violencia.

Históricamente los sacrificios que practicaba el antiguo Israel han sido singularmente comprendidos en función de apaciguar la ira de Dios. Esto es un punto para considerar en otro escrito. Lo que quiero elucidar aquí es como los sacrificios ordenados en la Tora tenían una connotación jurídica. De tal forma que la justicia de Dios era responsabilidad de toda la comunidad para contrarrestar factores de riesgo disparadores de la violencia.

 

En el Antiguo Testamento, específicamente en Deuteronomio encontramos un ritual que se practicaba cuando hubo un homicidio y no se encontró al asesino. Los ancianos y los jueces de las ciudades más cercanas al lugar donde fue hallado el cuerpo sin vida tenían que sacrificar una becerra, lavar sus manos sobre el cuerpo del animal inmolado y decir estas palabras:

 

«No han derramado nuestras manos esta sangre ni lo han visto nuestros ojos; expía a tu pueblo Israel, a quien redimiste, ¡oh, Señor!, y no imputes la sangre inocente a tu pueblo Israel.» Deuteronomio 21:7-8

 

La lógica del ritual era que la comunidad entera se hiciera responsable ante Dios quien demandaría de ellos la sangre de la víctima. Por lo tanto, antes de decir esas palabras, los ancianos y los jueces tenían que realizar una intensa búsqueda del homicida y asegurarse que el autor del crimen no era alguno del pueblo, de lo contrario la confesión ante Dios era falsa y comprometían a todo el pueblo ante juicio divino.

 

No tiene sentido concluir que con sacrificar el animal Dios quedaba contento y el criminal quedaba absuelto. Mas parece que el ritual tenía la intención de comprometer al pueblo a ejercer la justicia demandada por Dios, es decir, había un llamado a los líderes y la comunidad a asumir la responsabilidad de actuar contra la impunidad; el pueblo tenía que ejercer justicia. La práctica de este ritual comprometía a Israel a buscar el bien común de la comunidad, el orden social, y el respeto por la vida. De esta forma se impide que las causas latentes que engendran violencia no se activen y destruyan una nación llamada a ser luz del mundo. Por lo tanto, pensar que la idea de sacrificar un animal inocente para calmar un problema de ira divina dejaria totalmente sin fruto el propósito del ritual.

 

Dios dio este ritual a Israel para que ellos tengan un mejor manejo de la situación civil y crear una comunidad justa donde la violencia este bajo control. No obstante, el Israel del antiguo testamento, que poseía ese marco jurídico entregado por Dios, tuvo lapsos en su historia donde la práctica de la justicia la transformaron en violencia. El derecho a la vida de sus ciudadanos fue violentado de múltiples formas. Hubo un periodo en particular cuando el pueblo de Israel desvirtuó la Tora, su ley jurídica, y moral. Fue tan grande el desvío que el rito que los hacia responsables de practicar justicia lo transformaron en el horrendo rito de los sacrificios humanos.

 

“Y derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas,
Que ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán,
Y la tierra fue contaminada con sangre”. Salmo 106:38

 

¿Pero cómo pudo Israel caer en semejante error o desvío? El sacrificio de niños y niñas es una práctica que violentaba los derechos de los niños. A decir verdad, el niño no decide sacrificarse lo sacrifican. Es alarmante saber cómo los seres humanos puedan llegar a ese nivel de desviación. Aunque el sacrificio de niños probablemente fue impuesto a Israel por las naciones paganas que los dominaban, Israel cedió en pervertir la ley de justicia. Por esa causa, siendo pueblo de Dios, fueron erradicados porque cambiaron la justicia de Dios por la violencia. Increíblemente, después que han pasado más de 2,500 años, estamos repitiendo la historia solo que con una retórica diferente.

 2. La violencia moderna.

Recientemente, la BBC Mundo publico la dramática historia de Omran Daqneesh, un niño sirio de 5 años y sobreviviente de los brutales bombardeos de la guerra siria. El reportaje nos provee videos y fotos donde muestran al niño aturdido mientras limpiaba con su mano la sangre que tenía en su frente. Omran nació en medio de una guerra y conflictos imposibles para el de comprender. De igual forma, en un video publicado por el medio británico Channel 4 News titulado “The last hospital in rebel-held Aleppo”, muestra varios niños que están siendo atendidos en un hospital tras sobrevivir a un bombardeo en Alepo (Siria). Llama la atención que los infantes “no lloran,” pero visiblemente el trauma había absorbido sus lágrimas.

 

A la altura del siglo XXI el dolor y el sufrimiento actual de los niños y niñas de Siria es una vergüenza mundial. No es difícil comprender que el “derrame de sangre inocente” incumbe profundamente el propósito del evangelio como la acción de Dios salvando un mundo que sucumbe en el pecado y la violencia.

 

Dentro del contexto de la historia humana los asesinatos a mansalva de civiles siempre han existido. Por lo vivido en las guerras mundiales del siglo XX, parece ser que cualquier pueblo—sin importar su grado de desarrollo humano—contiene el germen de la violencia.  Este es un mal como la convivencia del trigo y la cizaña, pues resulta que la violencia tiene su raíz bien arraigada en nuestra cultura y en nuestra cosmovisión. Así pues, si hay algo seguro, es que nadie está exento de experimentar una situación violenta en cualquier momento de nuestra vida.

 

Si bien es cierto que la humanidad ha logrado un avance enorme en el apaciguamiento de la violencia, aun no es suficiente para nuestra seguridad. La historia nos enseña que sociedades con alto desarrollo han caído en las garras de sistemas políticos de horror y de muerte. Basta con remembrar el horrendo genocidio perpetrado por Hitler, el cual nos recuerda el peligro y el poder del odio al prójimo. Aquella Alemania del siglo XX, educada y refrendada por siglos de tradición cristiana, fue seducida por un demente no solo para incurrir en una guerra mundial ilógica, sino para planear y ejecutar el exterminio de millones de judíos a quienes consideraron como una raza inferior.

 

El 10 de diciembre del 2014, en Ginebra, Suiza, se dio un informe sobre la situación mundial de la prevención de la violencia. El informe da estadísticas de muertes de seres humanos cuya causa es la violencia interpersonal, es decir, la que ocurre entre los miembros de la familia, en la pareja, entre amigos y desconocidos. El documento informa que desde el 2000 al 2014 han muerto 6 millones de personas en el mundo por causa de la violencia interpersonal. Esta cantidad en términos de vidas perdidas es superior a las vidas perdidas de todas las guerras combinadas durante ese período. En su prefacio, el informe dice estas palabras:

 

“Con frecuencia la violencia azota la vida de la gente durante decenios, dando lugar a la adicción al alcohol y las drogas, la depresión, el suicidio, el abandono escolar, el desempleo y dificultades recurrentes en las relaciones”.

 

Es interesante el abordaje que el informe hace sobre la violencia, pues lo plantea como causa principal de muchos males sociales y de la salud. Pero no todo es gris en este documento, también pretende que desarrollemos conciencia de que la violencia puede prevenirse y son los gobiernos nacionales los llamados a implementar planes de prevención.

 

Por otro lado, el informe plantea la existencia de factores de riesgos, que se encuentran latentes en la sociedad, y que de no manejarse adecuadamente funcionaran como disparadores de violencia, entre los factores nombrados tenemos la desigualdad económica, el uso indebido del alcohol, y la atención parental inadecuada.

 

Ahora bien, si la violencia es un asunto de manejo y de compromiso, tiene sentido el rito de Deuteronomio 21:7-8 al cual me referí antes. El rito apunta a prevenir la violencia y de esta forma evitar el dolor y el sufrimiento causado por la violencia. Así también podemos entender que los judíos “piadosos” de la época antigua, los que seguían la ley, no pensaban en términos de “me siento culpable por mis pecados” sino más bien en términos de responsabilidad social, de justicia, y de retribución al agraviado. Israel, como pueblo elegido, no buscaba alimentar una fe y esperanza que consistía en escapar a un lugar mejor donde no haya más llanto ni más dolor, mas bien, la idea era practicar juicio justo y cosechar sus frutos. A través de Israel, Dios buscaba poner bases de restauración a una humanidad perdida en pecado y en violencia. Implementar la justicia divina es responsabilidad del pueblo de Dios, en tal caso, el enfoque que nos da Jesús es claro, “Buscad el reino de Dios y su justicia, y el resto será añadido.”[6]

 

Conclusión

A menudo leemos en las redes sociales o escuchamos en la radio y en la televisión predicas donde se pregona que la drogadicción, el alcoholismo, y la prostitución son consecuencias de una vida desordenada o el resultado de prácticas ocultistas. Otros oradores se enfocan en temas sociales más complejos tales como el desempleo, el divorcio, el abandono escolar, la violencia contra la mujer y proponen que estos males son consecuencia de una relación deteriorada con Dios. Otros, más osados, declaran que la depresión y el suicidio tienen origen en la posesión demoníaca. Esa forma de llegarle al dolor y el sufrimiento humano se parece a la de los Fariseos que miraban a las victimas desde un pedestal y les daban el jarabe equivocado. El error de los Fariseos era una mala interpretación de la ley y los profetas.

 

Si nos basamos en el informe de la prevención mundial de la violencia 2014, la mayoría de estos males son tan solo el efecto de una inadecuada prevención de la violencia. Por lo tanto, los diagnósticos tales como una vida desordenada, prácticas ocultistas, posesiones demoniacas, etc., no conducen a una solución real del problema. ¡Esto es como estar colando el mosquito y tragando el camello! De lo expuesto anteriormente, sabemos que la violencia tiene causas más profundas que subyacen en el entramado social, cultural, y económico de la vida humana.

 

Habíamos dicho anteriormente que el evangelio es la solución de Dios al problema. Tal evangelio el apóstol Pablo lo describe así, “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.” De este versículo hay mucho que decir y lo que nos interesa aquí es notar la interconexión de las partes: la fe es un don que reside en el creyente, y a través de la fe la justicia de Dios opera en el mundo. Así que, la iglesia es el instrumento que Dios usa para ejercer su justicia en la tierra, y de esto la comunidad de la iglesia primitiva nos dejó un legado invaluable. La fe de aquellos hombres y mujeres de Dios, además de anunciar al Señor, estaba enfocada en minimizar la desigualdad económica, el cual como ya dijimos, es un factor disparador de violencia que se debe controlar.

 

“Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.”[7]

 

El apóstol Santiago nos advierte que “una fe viva sin obras es muerta,”[8] dicho en otras palabras la verdadera fe debe demostrarse con acciones. Puesto que no tenemos todo el tiempo del mundo ni toda la riqueza del mundo, estamos llamados a ser efectivos y eficientes. Como cristianos no estamos para andar confundiendo causas aparentes o bien tratando de solucionar problemas sin entenderlos a profundidad. Es menester pues poner nuestra fe a obrar inteligentemente.

 

El reto que tenemos por delante es desarrollar una fe viva y capaz de generar cambios positivos en nuestra sociedad, es predisponernos a la acción solidaria con los débiles, con las víctimas, con aquellos que lloran y claman la misericordia de Dios. El conocimiento holístico de todos los factores que generan violencia y el involucramiento para minimizarla es el paso hacia la pacificación de este mundo creado por Dios. Si no actuamos asertivamente, dicho en términos del antiguo testamento, es altamente probable que “la sangre de los inocentes nos será demandada”

 

Bibliografía:

http://www.bbc.com/mundo/media-37118519

https://www.channel4.com/news/the-last-hospital-in-rebel-held-aleppo

http://www.who.int/violence_injury_prevention/violence/world_report/en/summary_es.pdf

http://apps.who.int/iris/bitstream/10665/145089/1/WHO_NMH_NVI_14.2_spa.pdf

[1] Levitico 11:4, 20-23, 33.

[2] 2 Pedro 3:13; Isaias 65:17; Apocalipsis 21:1.

[3] Mateo 11:12.

[4] Mateo 27:25.

[5] 1 Corintios 2:2.

[6] Mateo 6:33.

[7] Hechos 4:33-35.

[8] Santiago 2:20

Feliz Navidad 2016

Conozco una dama que tiene solvencia económica, una tremenda casa tal como lo pintan las novelas, empleadas domésticas, banquetes esplendidos, etc. Hace un tiempo atrás, esta joven adopto 3 perros callejeros. Antes de ser recogidos estos canes se encontraban visiblemente mal nutridos, enfermos, tuertos, y vulnerable a todo tipo de  maltratos de la vida callejera. Pero ahora, estos perros viven como reyes, tienen un hogar amoroso, necesidades de alimentación plenamente satisfechas, se encuentran en un estado de felicidad envidiable; el caso es que estos perritos disfrutaran de una ¡Feliz Navidad 2016!.  Quizás estos animalitos no sean “conscientes” del súper cambio de vida que les fue dado, pero la acción de esta dama es real, es un gesto de gracia, es noble y me conmovió. Una y otra vez esta historia ha estado revoloteando en mi mente como un adicional a tanta alegría que se respira en estos días navideños, y es que este relato se me parece tanto a lo que nuestro Padre Celestial hizo por la humanidad, es decir, en Cristo, nosotros hemos sido adoptados por Dios. Bueno pues, pronto a celebrar el nacimiento de Jesús; me pregunto: ¿Hasta qué punto somos conscientes del contenido de la frase feliz navidad?

 

Dejando el gasto en regalos y las comidas aparte, la navidad apunta al nacimiento de un niño, Jesús, que en realidad es Dios hecho carne. El apóstol Pablo lo describe así,Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. (2 Corintios 8:9). Para Pablo, la natividad tiene que ver con el hecho que nosotros hemos sido enriquecidos por Dios. No obstante para muchas personas la comprensión de la navidad  podría estar lejos del sentido divino, esto sería no estar consciente del nuevo súper cambio de vida que hemos recibido por medio del hijo de Dios encarnado.

 

La encarnación tiene que ver con la iniciativa del hijo de Dios de involucrarse personalmente en la experiencia de la humanidad atreves de un cuerpo físico y material. Así pues de esta manera, Cristo nuestro rey espiritual, se presentó en la tierra e interactuó con nosotros los mortales y experimento en todo el sentido de la palabra la tragedia de una humanidad caída. La exhortación de Pablo es propicia,

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte d, e cruz.” (Filipenses 2:5-8).

 

Cuando Jesús se encarna, él se despoja totalmente de su poder real y se pone a merced de los malvados, en una situación de vulnerabilidad. Aquí hay algo interesante que nos debería de hacer reflexionar y es precisamente en nuestra vulnerabilidad. Debemos poner atención en esta debilidad humana especialmente en nuestras emociones las cuales puede ser afectada por sentimientos negativos tales como el  odio, los celos, las envidias, la ambición, la prepotencia, etc. Muchos de nosotros nos aferremos a esta clase de sentimientos, los guardamos como cual tesoro, y sin darnos cuenta estos mismos sentimientos que tanto valoramos nos quitan la paz y la felicidad. La expresión de nuestro Rey hecho carne debe de motivarnos más bien al nacimiento de un nuevo sentir; el de ser capaces de despojarnos de todas las cosas falsas que nosotros creemos que tienen valor y por otro lado abrazar con todas nuestras fuerzas las riquezas de Dios en Cristo Jesús. Debemos ser conscientes del súper cambio de vida que Dios nos da, de experimentar vivir como reyes, y de poder decir genuinamente: ¡Feliz Navidad!

La Vision de Dios para su Pueblo

Muchos creyentes tienen la convicción que cuando mueran se van al cielo, de donde el cielo es visto como el último destino después de la muerte. Pero por muy buena que sea la intensión de creer en una existencia celestial, este concepto debe ser examinado a un nivel más bíblico, maduro, y más enfocado a los propósitos de Dios para su creación. Para muchos, la esperanza de llegar al cielo es por la fe puesta en la muerte y resurrección de Cristo, por lo tanto, resurrección es vista como un sinónimo de irse al cielo. Sin embargo, bíblicamente resurrección no significa vivir a semejanza de un espíritu incorpóreo; mas bien si nos enfocamos en la resurrección del Señor esta consistió en una transformación de su cuerpo, los discípulos lo vieron, lo pudieron tocar, y también sabemos que Jesús comió con ellos. Creer que Jesús es la resurrección, significa creer que Dios va a ser con nosotros lo que el hiso con Jesús. Bien dijo Pablo, “porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucito” (1 Corintios 15:13). Pablo también explica que nuestra resurrección derrota nuestro último enemigo que es la muerte (1 Corintios 15:26, 54); si no fuera así, nuestra fe no tendría sentido y estaríamos en pecado (1 Corintios 15: 17).

Debemos preguntarnos, ¿Adónde vamos a vivir una vez que hemos resucitado con cuerpos tangibles? Es aquí donde la visión que Dios para su pueblo juega un rol vital. Dios ha prometido crear Nuevos cielos y Nueva tierra. En otras palabras, una nueva creación va a tomar lugar la cual es el resultado de una promesa que ha sido pronunciada por el profeta Isaías 700 años antes de Cristo (Isaías 65:17, 66:22), enseñada y modelada por Jesús, y revelada a los apóstoles en el Nuevo Testamento (1 Corintios 15, Romanos 8:19, 2 Pedro 3:1-14, Apocalipsis. 21:1-3). La comprensión de esta visión dada por Dios a su pueblo es la que debe impactar con mayor peso nuestra imaginación, conocimiento, sentimientos y comportamiento de una manera diferente a los que piensan que nuestro destino es escaparnos de esta tierra cuando morimos. Es claro entonces que vivir como espíritus incorpóreos en una esfera celestial no es el propósito que Dios tiene preparado para su pueblo.

Nuestra fe y nuestra esperanza deben estar proyectadas a la creación de los nuevos cielos y nueva tierra donde viviremos en un Reino en concreto, con una ciudad, una comunidad, una actividad, y con el Rey Jesús morando con nosotros. Esa es la vida futura que nos describe la palabra de Dios, similar a la que hoy tenemos pero sin pecado y sin sufrimiento. Esa forma de ver el futuro nos hace creyentes más útiles para la vida presente que para los que creen en escaparse de la tierra al cielo.  La salvación y vida eterna que Dios nos promete no está desconectada de nuestra existencia actual. La visión que Dios nos revelo nos proyecta al futuro con el propósito de que los creyentes podamos visualizar hacia dónde vamos, nos pone en dirección, en perspectiva correcta y describe nuestro destino. Un discípulo de Cristo que no sabe cuál es su destino o que es lo que Dios piensa hacer en su vida presente y futura, está en la cuerda floja; es como la hojarasca llevada por doquiera por cualquier viento de doctrina (Pablo, Efesios 4:14).

La visión dada por Dios de crear nuevos cielos y nueva tierra es una y es inmutable. Tal visión no pertenece a una religión, ni a una denominación; no tiene variación en el tiempo, y es imposible para las potestades de maldad influenciarlas mucho menos el ser humano. El futuro que Dios ha decidido para su pueblo es independiente de nuestras creencias personales y razonamientos humanos, aunque tengamos o no tengamos una correcta comprensión de su visión, nada va a alterar o cambiar lo que Dios se ha propuesto hacer para con su pueblo y su creación.

 

La transformación futura como un aspecto de la visión de Dios.

La creación de nuevos cielos y tierra nueva tiene que ver con un futuro evento de transformación cósmica de la presente creación. La creación de Dios nos revela de muchas formas su capacidad de transformar algo que el mismo creo. La metamorfosis, por ejemplo, es un poder transformador que existe en la naturaleza, consiste en la transformación que experimentan ciertos animales en su desarrollo biológico y que afecta no solo su forma, sino también sus funciones y su modo de vida. Por ejemplo, peces como el salmón se transforman para poder moverse del agua dulce al agua salada y luego de regreso al agua fresca, o la transformación que experimenta una oruga para llegar a ser mariposa. Un ejemplo bíblico de transformación es el agua que Jesús convirtió en vino (Juan 2:7-9). Del apóstol Pablo aprendemos que nuestros cuerpos serán transformados, He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados.” (1 Corintios 15:51). En todos estos casos la obra creativa de Dios parte de algo y lo cambia o transforma en otra cosa diferente. A este tipo transformación se refiere la Biblia cuando leemos que Dios va crear nuevos cielos y nueva tierra.

 

La resurrección y segunda venida de Cristo en la visión de Dios

Del apóstol Pedro aprendemos que cuando el Señor venga, los cielos y la tierra serán transformados a nuevos cielos y nueva tierra, es decir, una nueva creación tomara lugar.

 “10. Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas… 13. Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia.” (2 Pedro 3:13)

Según Pedro, la esperanza de todo creyente debe ser enfocada en las promesas de Dios. Podemos notar que la creación de los nuevos cielos y nueva tierra siempre está dentro del contexto de la Segunda Venida de Cristo y la resurrección. Esto es claro en 2 de Pedro 3:1-13, en Apocalipsis 22:7, 12, 20, y de igual forma Pablo explica:

He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados,52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. (1 Corintios 15:51-52)

 

El cielo y la tierra fueron diseñados para ser uno.

Hay un punto significante que no podemos obviar en estas revelaciones bíblicas y es la unión que se da en estas dos esferas de la creación:

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” Apocalipsis 21:1-3

Juan nos ilustra el escenario de una boda, vemos que la Nueva Jerusalén desciende como una esposa ataviada para su marido. La ilustración corresponde a la unión del cielo y la tierra así como el matrimonio que se da entre un hombre y una mujer; estos dos, aunque distintos, fueron creados para ser una sola carne, para coexistir en unidad. De igual forma el cielo y la tierra nunca fueron creados como dos existencias independiente sino para coexistir como una sola creación. Cuando Dios creo inicialmente los cielos y la tierra, las cosas creadas fueron complementarias—cielo y tierra, mar y tierra, hembra y macho—y el punto climático se da con la creación del varón y la mujer a imagen y semejanza de Dios, es decir, los seres humanos somos reflejo al mundo de quien es Dios.[1]

Dos cosas vienen en orden, primeramente, la futura unión del nuevo cielo y nueva tierra nos dicen que la intensión de Dios nunca fue crear al ser humano para comenzar su existencia en la tierra y terminar en el cielo. La resurrección de Cristo, nuestra futura resurrección, junto con la segunda venida de Cristo y la creación de nuevos cielos y nueva tierra nos dicen que nuestro destino final no es el cielo, sino vivir con cuerpos resucitados y con Cristo en los nuevos cielos y tierra nueva.

El segundo punto es reconocer que el concepto de tabernáculo es históricamente representativo de la presencia de Dios con su pueblo. Cuando Dios libero a Israel de mano de los Egipcios, Dios ordeno a Moisés edificar un tabernáculo para El morar con su pueblo (Éxodos 25:8-9). N.T. Wright comenta que la significancia del tabernáculo la encontramos en el prólogo del evangelio de Juan, “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habito entre nosotros” (Juan 1:14). La palabra Griega detrás del verbo habitar es “skenee” que traducido es “tabernáculo”, del Hebreo “mishkan” que significa “morada.” De donde Jesus es el tabernáculo de Dios, la morada de Dios con su pueblo.[2] Cuando Juan vio la unión matrimonial de los nuevos cielos y nueva tierra, el escuchó una gran vos que decía: “He aquí el tabernáculo de Dios, y El morara con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismos estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3). Todo esto nos hace pensar que la unión del cielo y la tierra tienen como propósito la morada de Dios con su pueblo.

 

Conclusión.

El cielo y la tierra no fueron creados como polos opuestos o antagónicos, tampoco están en competencia. Si bien es cierto son diferentes, ambos están hechos el uno para el otro, como varón y mujer para vivir en unidad.[3] Con respecto a la primera creación, notemos en Génesis 1 que los cielos y la tierra fueron creados simultáneamente y repetidas veces podemos leer la frase, “Y vio Dios que era bueno… Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.” (Génesis 1:31). N.T. Wright explica que la creación es una obra del amor de Dios en la cual lo creado afirma que Dios es bueno y a su vez Dios afirma que su creación es buena.[4]

Pensar que tenemos que creer en Cristo para escaparnos de la tierra, en el sentido de que nuestra existencia comienza en la tierra y termina en el cielo no es congruente con lo que Dios esta haciendo y hará en Jesus el Rey. En Cristo Jesus, Dios nos ha hecho reyes y sacerdotes y reinaremos con el sobre la tierra (Apocalipsis 5:10). Cualquier otra descripción de nuestro futuro o destino final es más del pensamiento humano que de Dios.

 

[1] Esta explicacion se la acreditamos a N.T. Wright Surprised by Hope (New York: Harper Collins, 2008) p. 104-105

[2] N.T. Wright How God Became King (New York: Harper Collins, 2012) p. 102

[3] N.T. Wright Surprised by Hope (New York: Harper Collins, 2008) p. 105

[4] Escuchado del Dr. Wright. en conferencia.

Reconsiderando la ira de Dios y sus implicaciones.

Introducción.

La idea de un dios airado se ha observado en la historia de la humanidad como un fenómeno que se manifiesta especialmente en el sistema religioso de los pueblos “paganos.” La ciencia nos ha proveído amplia evidencia que confirma prácticas religiosas ancestrales donde se sacrificaron miles de víctimas, incluyendo niños, con el propósito de aplacar la ira de los dioses. Hoy en día se sabe que tales sacrificios se realizaron en vano, ya que la sociedad moderna ha comprendido que el enojo de estos dioses no era más que una proyección de la perversión del pensamiento humano. Podríamos incluso afirmar que sacrificio y dios airado caminaron de la mano en la historia antigua.

 

Aunque en nuestros días los sacrificios ya no se practican, la idea de un dios airado continúa en la mente humana, y este paradigma es tan fuerte que impide ver con claridad la revelación de Dios en la muerte y resurrección del Mesías. El presente escrito es la primera parte de tres artículos en los cuales objeto contra una corriente de interpretación Cristiana, bastante popular, que mantiene la teoría que Dios Padre satisface su ira cuando Jesús es crucificado. Dicho en otras palabras, muchos creen que la crucifixión de Jesús es una manifestación de Dios airado.

 

Gran parte del problema se debe que en los últimos cien años, los teólogos han dado mucho énfasis a la crucifixión de Cristo y han pasado por alto que la llegada del Mesías fue el clímax y la culminación de la historia de Israel como pueblo elegido por Dios. La vida, muerte, y resurrección de Jesús son partes inseparables del perfil Mesiánico y estas a su vez no se pueden desconectar del rol que desempeñó Israel dentro de un plan divino y cuyo propósito principal era la redención de la humanidad. Es sorprendente que en nuestros tiempos muchos creyentes solo puedan comprender la crucifixión como un evento para aplacar la ira de Dios. Este marco de referencia erróneo es consecuencia de una mala metodología de interpretación de las cuales quisiera mencionar tres desaciertos: 1) Han creado paralelos entre el significado de los sacrificios paganos de la antigüedad con el significado de la  muerte expiatoria de Jesús, 2) No hay una correcta comprensión del significado de los sacrificios practicados por el pueblo Judío antes de Cristo,[1] y 3) Se han enfocado solamente en la crucifixión como definida virtualmente por unos cuantos versículos tales como 2 Corintios 5:21 y Romanos 3:21-26.

 

No es mi intensión solventar muchas preguntas con un escrito relativamente breve. Lo que pretendo con este primer escrito es aclarar como la ira de Dios funciona en la historia de la narrativa bíblica, y por ende porque no es posible ver  la muerte de Jesús como calmando un Dios airado.

 

La Ira de Dios.

Continuidad y Discontinuidad.

La ira de Dios es bíblica y tiene su rol en la historia de salvación, pero tenemos que verla en su correcta perspectiva bíblica. La historia de salvación es una sola historia con un principio y un fin, y esta misma historia comprende eventos que continúan y otros que se discontinúan. Por ejemplo, la llegada del Mesías es un evento culminante en el cual vemos el comienzo de una nueva creación en la historia de salvación. El pueblo de Dios experimenta un nuevo nacimiento, un nuevo pacto con Cristo, una nueva forma de relacionarse con Dios, etc. Antes del Mesías el sábado era día de reposo obligado, había leyes alimenticias, el pacto era diferente, y de igual forma la revelación de la ira de Dios se manifestó con su pueblo Israel de modo unicum (único). De esta forma en la historia de salvación el pasado difiere del presente en algunos aspectos (discontinuidad), y nuestro presente va a diferir de nuestro futuro. Sin embargo, estamos hablando una misma historia de salvación (continuidad).

 

¿Cómo se caracterizó la ira de Dios con Israel antes de Jesús?

En el estado inicial de la  historia de Israel observamos que Dios batallo con un pueblo ignorante, con inclinaciones idolatras (Éxodo 32), sin educación, sin escritura, y sin el Espíritu Santo en sus vidas! ¿Cómo podían comprender que Dios demandaba santidad porque él es Santo? ¿Cómo iban a comprender el llamado de ser luz a las naciones? ¿Cómo comprenderían que fueron escogidos para que el único Dios habitara en medio de ellos? Sin embargo, Dios escogió a Israel para que su santidad, la cual es incompatible con el pecado, morara en medio de ellos—en el tabernáculo, en el arca, y en el templo. Por esas razones expuestas y por la ingenuidad de la gente involucrada, podemos notar que en los primeros escritos bíblicos—3,400 años atrás—se usa un lenguaje antropomorfo (lenguaje de forma humana: Dios se arrepentía, se entristecía, se airaba, etc.) con el fin de que aquellos esclavos incivilizados y recién liberados pudieran comprender que tenían que abandonar sus viejas costumbres paganas.

 

Es pues dentro de este  contexto que Dios expreso su ira de una forma única, y la  revelación de esta ira se da dentro del marco de un pacto de mutuo acuerdo entre Jehová y su pueblo Israel. Este tipo de convenio no se hizo con ninguna otra nación, por lo que se concluye que es exclusiva para el pueblo de Israel. Pueblos antiguos tales como los sumerios, los babilonios, los asirios, los romanos, etc. nunca experimentaron a un “Jehová airado” que los exterminaría por las faltas cometidas ¿Acaso estos tenían un pacto con el único Dios? A este punto ya estamos entendiendo que la ira de Dios se reveló de una forma particular, en un momento histórico, con un determinado pueblo, basado en un pacto mutuo (Dios y su pueblo), y con un propósito específico. Tal relación exclusiva—entre Dios e Israel—quedó bien documentada en las sagradas escrituras y bien entendida por las partes pactantes. En base a lo dicho podemos concluir que no es correcto generalizar o definir la ira de Dios mediante hipótesis o interpretaciones aisladas de su contexto bíblico.

 

Es importante notar que aunque Israel en algunas situaciones provoco la ira de Jehová, Dios nunca acabo con los judíos, “No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín, porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti; y no entraré en la ciudad. (Oseas 11:9). Dios expresaba su ira para que este pueblo se acercara a Él, pero nunca fue un medio de tortura contra su pueblo cuando este pecaba. La ira de Dios, a como la experimento Israel, tiene que ver más con el tema de exterminio como una serie de acciones para poner fin a la existencia del mal antes que una tortura. Esto es como cuando los doctores intentan sacar las células cancerígenas de un órgano infectado, cuando la infección es demasiado grande ya es imposible recuperar el órgano quedando solo la opción de extirparlo.[2]

 

Antes de dejar el contexto histórico de Israel y pasar a un nuevo contexto, quisiera mencionar un principio de la historia bíblica que nos enseñó el Señor Jesús y es que Dios, en su soberanía, cambia la manera de revelarse al hombre. Jesús se lo dijo a los judíos del primer siglo de esta manera: “Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar” (Marcos 2:22).

 

La ira de Dios según el Apóstol Pablo.

Un concepto claro, vigente, y comprensible de la ira de Dios nos los da el apóstol Pablo, judío, fariseo, y conocedor de la historia de Israel mejor que cualquier otro erudito en la historia humana.

18 Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad;…. 24 Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones… a pasiones vergonzosas… a una mente reprobada” Romanos 1:18-32

 

Para Pablo, la ira de Dios no consiste en una intervención divina visible, sino más bien tiene que ver con la autodestrucción del ser humano como consecuencia de no tener en cuenta Dios.[3] Dios no necesita actuar en contra o airarse con una humanidad que voluntariamente busca su propia destrucción y sufrimiento! Al contrario, Dios busca liberarnos y redimirnos del pecado que nos destruye. Por lo cual, conforme a lo que aprendemos de Pablo, debemos de abandonar la idea que la ira de Dios es equivalente a una retribución divina o castigo divino. La ira de Dios es una respuesta activa al libre albedrio humano cuando este no toma en cuenta los caminos de Dios, y esa respuesta consiste en que Dios los entrega en sus propios razonamientos. Eso aplica a todos los tiempos de la existencia humana en general, desde el Génesis hasta que el Señor venga.

 

Si el apóstol Pablo esta en lo correcto, el sacrificio de Jesús en la cruz no se puede interpretar como una manifestación de un Dios airado! Imposible. Además, Dios no puede ser cómplice de un asesinato tramado en maldad por una clase sacerdotal corrupta que, a) Utilizó la debilidad humana de Judas el Iscariote, y b) Lo tramo en concubinato con un partido político-religioso y fanático llamado los fariseos, el cual Jesús mismo los llamó ¡generación de víboras! ¿Acaso la ira de Dios no se revelo más bien desde el cielo contra la impiedad e injusticia de aquellos que crucificaron a nuestro Señor? Pues el fin de estos señores fue su destrucción. La clase sacerdotal caducó con la destrucción del segundo templo en el año 70 de nuestra era. Judas se suicidó por su problema de conciencia, y los fariseos liderando revueltas judías contra Roma encontraron su fin a filo de espada.

 

La ira de Dios en el futuro.

¿Pero que del futuro? Pablo habla de una ira venidera en el día del juicio final (1 Tesalonicenses 1:10; Romanos 2:5, 5:9; Apocalipsis. 6:16-17, 11:18). Dios va poner fin al sufrimiento humano causado por el pecado, porque el fin último de toda la creación es que Dios será todo en todos. Lógicamente los que nunca quisieron tener en cuenta a Dios serán condenados a una segunda muerte. Concluir que Dios se descargó su ira en Jesús para que nosotros no suframos la ira venidera es una transacción ajena de la historia de salvación. El caso de ira venidera es el último recurso divino para poner fin al mal! Como leemos en Apocalipsis, “y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.” (Apocalipsis 21:4).

 

Conclusión.

Cada generación hereda doctrinas de sus antecesores y muchos nunca cuestionan la veracidad de tales creencias. A través de la historia de la iglesia el conocimiento bíblico ha madurado significantemente y nuestra generación gusta de una teología mucho más robusta que la de décadas anteriores. Viene al caso que afirmar que Jesús murió para aplacar la ira de Dios no es más un paradigma teológico que hemos heredado en las cuales no hay ni un texto bíblico o confirmación histórica que literalmente afirme tal cosa. La narrativa de los evangelios testifica que tanto Juan el Bautista como Jesús llamaron a los judíos a arrepentirse[4] y seguir a Jesús para escapar de la ira venidera. Esto es porque al pueblo judío se les avecinaba un exterminio de parte de Roma y efectivamente fueron aniquilados. Jesús nunca dijo que él iba a sufrir la ira de Dios por el pueblo judío, sino más bien les dijo que él era la resurrección y la vida. Por otro lado, la historia testifica que la muerte de Jesús por crucifixión fue igualmente reproducida en miles de sus seguidores que se unieron a su causa. Hemos de preguntarnos, ¿Y eso también es ira? Supuestamente nosotros los creyentes somos el cuerpo de Cristo. La verdad es que muchos Cristianos en los primeros siglos de la iglesia fueron brutalmente asesinados por los poderes y principados de maldad al igual que lo fue Jesús (Colosenses 2:15).

 

[1] El tema de mi próximo artículo es sobre el concepto de sacrificio.

[2] Ver también la parábola del Trigo y la Cizaña en Mateo 13:24-30

[3] James Dunn. Romans p. 566

[4] Abandonar su sistema religioso-político el cual es pecaminoso.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Cuando a Jesús lo estaban crucificando, en sus últimas palabras antes de morir dijo, “¿Dios mío, Dios mío, porque me has desamparado?” (Marcos 15:34; Mateo 27:46). La expresión es una pregunta que causa intriga a cualquier lector. ¿Sera que realmente Dios abandono por completo a su Hijo en el momento más doloroso de su vida? O, ¿Es este grito el clamor de un ser humano que sufre y que se siente impotente ante una muerte dolorosa, injusta y brutal?

 

Muchas interpretaciones de estas palabras de Jesús han sido propuestas a lo largo de la historia del Cristianismo. Lamentablemente, algunas interpretaciones tienden a desvirtuar las palabras de Jesús y transforman la imagen de Dios en un Dios insensible, castigador, y cuyo único interés es buscar como saciar su ira. Yo objeto en contra de esa forma de ver a Dios. El Dios que nos revelo Jesús en la historia es un Dios infinitamente amoroso, misericordioso, omnipresente, restaurador, y de esperanza.

 

¿Un Dios airado?

Algunos teólogos afirman que Jesús fue realmente abandonado por su padre, que el llevo nuestro pecado y cargo nuestro juicio. El juicio es la ira de Dios sobre nosotros—los pecadores—la cual la descargo cuando Jesús es crucificado. El clamor de Jesús en la cruz se dio porque había un real abandono. Ser abandonado por Dios tiene una correspondencia directa con el clamor de un condenado, y Jesús fue condenado por nosotros.[1]

 

Básicamente, esta forma de interpretar impone un castigo divino sobre el Hijo de Dios. Lo castiga para no castigar a los pecadores y lo abandona por nosotros. ¿Cuál es la motivación divina? ¡La ira de Dios! Este tipo de interpretación—la cual no es bíblicamente consistente ni coherente—da a entender que el peor enemigo del hombre no es el pecado sino un Dios extremadamente enojado. Si algo tenemos que reconocer es que la idea de castigo divino sobre el Hijo de Dios es ajena a lo escrito en la biblia. ¡La biblia nos habla de sacrificio, y sacrificio no es definición de castigo! Los judíos nunca pensaron que los animales que sacrificaban para expiación de pecados estaban siendo castigados. Abraham nunca pensó que el sacrificio de Isaac, cuando Dios lo puso a prueba, era un castigo contra su hijo. De la misma forma el Hijo de Dios no se hizo carne para ser castigado por su Padre sino para mostrarnos al Padre (Juan 10:38). Su venida fue un sacrificio de amor de parte de un Dios amoroso (Filipenses 2:6-10). “Porque de tal manera amó Dios al mundo…” (Juan 3:16).

 

“Porque me has abandonado” es una alusión al Salmo 22:1.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? (Salmo 2:1)

 

Cuando Jesús clamo en la cruz, el no solo estaba repitiendo las palabras del Salmo 22:1, sino que también se estaba apropiando del contexto en el cual el Salmista recito estas palabras. La pregunta de Jesús en la cruz es una expresión del sufrimiento de un justo y se debe interpretar primeramente a la luz del Salmo 22. “En el Salmo 22 vemos claro que el justo sufrido esta en una verdadera agonía y aflicción y que su estado miserable no es aliviado al mero instante de llamar a Dios. El experimenta un periodo de sufrimiento y su vindicación/restitución que viene al final del tormento no niega el sufrimiento que lo precede… Igualmente, no es la intención del evangelio de Marcos suavizar los sufrimientos de Jesús cuando es crucificado.”[2]

 

Salmo 22:24-28 nos revela que Dios no abandona al Justo Sufrido.

“Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, Ni de él escondió su rostro; Sino que cuando clamó a él, le oyó…

27 Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra, Y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti. 28 Porque de Jehová es el reino, Y él regirá las naciones.”

 

Estos versículos del Salmo 22 confirman que Dios no abandona al justo en su sufrimiento. El salmo dice que ¡Dios no menospreció ni abominó la aflicción del afligido! ¡Ni de el escondió su rostro! En la crucifixión de Jesús, Dios no contradice su palabra, más bien su presencia es evidente en la narrativa del evangelio de Marcos:

  1. “hubo tinieblas hasta la hora novena, y a la hora novena Jesús clamo…” (Marcos 15:33-34).
  2. Cuando Jesús expiro el velo del templo se rasgó en dos (Marcos 15:38),
  3. “Y el centurión que estaba frente a él viendo que después de clamar había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

La presencia de Dios es obvia cuando vemos que el sol sale a la hora novena antes de Jesús dar sus últimas palabras. Otra evidencia de la presencia de Dios es ver que el velo del templo se parte en dos al Jesús expirar. Además, ¿Puede un centurión identificar que Jesús es hijo de Dios al ser crucificado y Dios abandonarlo?

 

Marcos nos anticipó que Jesús seria vindicado.

Si de la narrativa del Salmo 22 aprendemos que el justo sufrido es vindicado,[3] Dr. Carey sugiere preguntarnos si en el evangelio de Marcos solamente vemos que Jesús experimentaría sufrimiento y muerte. Es decir, si alguien leyera el evangelio de Marcos, ¿se daría cuenta que Jesús seria vindicado más allá del sufrimiento y la muerte? Claro que si, Jesús dijo muchas veces que después de su sufrimiento y muerte el resucitaría el tercer día. No podemos dudar que Marcos hace gran énfasis en los sufrimientos de Jesús, pero de igual forma estos sufrimientos vienen acompañados de su vindicación a como leemos a continuación:

 “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días.”  Marcos 8:31; ver 9:31; 10:33-34[4]

 

El argumento de un Dios omnipresente.

Sabemos que Dios es omnipresente y omnipotente. Jesús dijo que ni un pájaro cae a tierra sin su consentimiento, y aún tiene contado los cabellos de nuestra cabeza (Mateo 10:29-30). Si Dios tiene cuidado por cada pajarillo que cae a tierra, ¿Cuánto más del sacrificio de Jesús en la cruz? Tan vital es para Dios este evento que 1000 años antes que ocurriera la crucifixión, Dios nos lo revelo por boca de su siervo David en el Salmo 22. Mil años antes de la crucifixión, Dios estaba presente—a través del Salmo 22—en cada detalle de los últimos momentos de este magno evento. El Salmo 22 describe en detalle el dolor que Jesús experimenta al ser crucificado. ¡El sentimiento de Dios es expresado en el Salmo 22! ¿Realmente podemos creer que Dios omnipresente estaba ausente cuando Cristo experimentaba la angustia del polvo de la muerte? Solo Dios pudo haber descrito todos los detalles del sacrificio de Jesús mil años antes. Por lo tanto, es indisputable que el Salmo 22 es el testimonio de Dios que estaba presente en la muerte de Cristo 1000 años antes de que ocurriera! Para Dios no hay tiempo ni límites, él ya había presenciado la crucifixión 1000 años antes.

 

Conclusión.

En la cruz, Jesús cita el primer versículo del salmo 22, como era costumbre en los judíos del primer siglo, y de esta forma se nos revela a todos nosotros como el Justo Sufrido y Vindicado del Salmo 22. Al igual que el salmista que sufrió en manos de sus enemigos y fue vindicado, así también la experiencia de Jesús es una de sufrimiento, muerte, y vindicación. El clamor del justo a Dios, tiene más bien que ver con la incapacidad del justo en manos de sus enemigos y el carácter de un Dios que no busca matar sino salvar a sus enemigos por medio del amor. Precisamente por eso es que el centurión que lo crucificaba dijo “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39). Y esto es lo maravilloso! Que un enemigo reconozca el amor de Dios en el sacrificio de Jesús en la cruz! Por eso el Justo Sufrido es vindicado! Es decir, él es sentado a la diestra del poder de Dios! (Marcos 14:62).[5]

 

¿Cuantos han muerto o cuantos hemos de morir en miseria, en dolor, en sufrimiento, ante manos del enemigo? ¿Cuántos se han sentido abandonados por Dios ante el sufrimiento de este mundo? ¿No es esa la realidad de este mundo? Por lo tanto, ¿No sería más saludable razonar que Dios en la crucifixión de Jesús se está identificando con el sufrimiento humano en vez de verlo airado y abandonando a su Hijo? En la crucifixión de Jesús, Dios nos enseña a no tener miedo, aunque en nuestros cuerpos padezcamos el martirio por causa de las aflicciones de este mundo, y aunque a los ojos de los incrédulos esto parezca que Dios nos ha abandonado, al final, Dios nos va a vindicar! “Si sufrimos, también reinaremos con El” (2 Timoteo 2:12; Apocalipsis 5:10). El sufrimiento no es el fin de nuestra historia.

[1] See John Piper in http://www.desiringgod.org/interviews/my-god-my-god-why-have-you-forsaken-me-didn-t-jesus-already-know Ernest Best, The Temptation and the Passion (2nd ed.; SNTSMS 2; Cambridge: Cambridge University Press, 1990) lxiv-lxviii; William Lane, Gospel, 572-73; as well John McArthur and Augustine.

[2] Holly J. Carey, Jesus’ Cry from the Cross (New York, NY: T&T Clark, 2009) p. 4-5

[3] “Vindicado” es una palabra poco común, y quiere decir restituido, rehabilitado.

[4] En estos pasajes Jesús predice tanto sus sufrimientos y muerte como su resurrección. De igual forma los vemos en Marcos 9:9-13 (La transfiguración); 12:10, 11 (Parábola de los labradores malvados); 14:25 (el pacto); 14:27, 28. La predicción de Jesús de su exaltación frente al Caifás Mc. 14:62. El rompimiento del velo Mc. 15:38 y la palabras del centurion, Mc 15:39.

[5] Ver también Marcos 16:6; Mateo 28:18; Filipenses 2:6-11; Colosenses 1:15-20.

Cautividad, Sufrimiento, y Salvacion (Parte II)

En la primera parte de este artículo me enfoque en dos conceptos ya conocidos, en Jesús como salvador y el pecado. Vimos también que las narrativas del Antiguo Testamento nos presentan al Mesías como un personaje que libera al ser humano de ser cautivo del pecado. En esta segunda parte quiero enfocar en el concepto de la cautividad y su origen. Muchos tienden a ver la salvación como un evento que sucederá después de la muerte. Aunque la salvación si concierne el futuro, cuando leemos la palabra de Dios, el énfasis de la salvación tiene más peso en una experiencia de redención presente. Porque así? Porque el presente estado del ser humano es explicado bíblicamente como uno que vive en un cautiverio, sometido al poder del pecado, experimentando sufrimiento, y ansiando una liberación.

 

Para muchas personas esto de cautividad y liberación puede sonar como irrelevante o extraño en mero siglo XXI. Sin embargo, cuando Jesús habla de liberar a los cautivos, sus palabras señalan claramente en reconocer la existencia de una potestad maligna como causa y el sufrimiento como una consecuencia negativa que impide vivir con gozo. Por lo general tendemos a ignorar el problema del mal y el sufrimiento en tanto no experimentamos un infortunio doloroso en carne propia. En Lucas 16:19-31 encontramos una parábola de Jesús que nos hace consientes de una realidad malévola donde la injustica y el sufrimiento son sus elementos centrales.

 

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. 20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, 21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. 22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado…”

 

Si leemos cuidadosamente esta parábola, es casi inevitable no experimentar rechazo y juicio contra la ingratitud del rico. Sumado a esto un sentimiento de impotencia nos embarga al comprender que el Lázaro de la parábola muere sufriendo tanto en su cuerpo como en su alma; la dolorosa condición que lo asolaba nunca estuvo bajo su control. Jesús, el maestro por excelencia en redactar parábolas, deja implícito que el único consuelo en vida de Lázaro, dependía de la acción de otro ser humano, y consistía en el afloramiento de un gesto de bondad al menos semejante al sentir de los perros que lamian sus llagas.

 

Para ser honesto, si este escenario no fuera tan real hoy en nuestros días, no me preocuparía por estar escribiendo sobre el mal y el sufrimiento. Pero desafortunadamente es real, y el ser humano ha estado viviendo este drama una y otra vez en el correr de los siglos, antes y después de que esta parábola fuese narrada. El Rico representa la insensibilidad del ser humano que se proyecta en sus sistemas y decisiones. Lázaro representa la victima de esta insensibilidad! Que le impide al rico darle las migajas caídas al suelo para que el pobre experimente un consuelo de bondad? Que lo hace ignorar el dolor y la angustia de un cautivo del hambre y de sus llagas? La absoluta indiferencia del ser humano es alarmante y nos hace pensar que el mal existe y se impone sobre la inteligencia, el sentimiento, y la voluntad humana. Bíblicamente eso es ser cautivo.

 

Como lo explica el apóstol Pablo?

Para Pablo, cautiverio es el resultado del pecado. En Romanos 7:14-25, Pablo habla del pecado como si fuera una persona o como un poder que cautiva al ser humano y lo obliga al mal.

19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí…22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

 

Según Pablo, la intensión primaria del ser humano es hacer el bien pero no puede. Es como si existieran dos personalidades en una, es decir, la voluntad humana como un esclavo se somete al pecado como su amo. El pecado es como un agente ajeno dentro de nosotros mismos, y es potencialmente destructivo para la persona misma o para otros. “Miserable de mí!” Exclama Pablo, “Quien me librara de este cuerpo de muerte?” Romanos 7:24. Todo ser humano puede a través de un razonamiento consciente entender que hay un problema en su corazón y que no lo puede resolver o eliminar.

 

De Pablo aprendemos que en la voluntad humana el querer el bien precede el obrar en maldad. Quiere decir que en principio el ser humano no fue diseñado con un mal inherente. Si el ser humano fue creado sin maldad inherente, entonces tenemos que ver el mal como una interrupción del bien o como un parasito que depende de la existencia primaria del bien.[1] En tal caso, es de esperarse que Dios va intervenir con un acto de liberación del mal tal como es declarada en la oración magistral del Padre Nuestro, “líbranos de todo mal…”

 

El génesis de la cautividad y la intervención divina.

La narrativa de Génesis 3 nos confirma que el ser humano no es el origen del mal. Al contrario, según la narrativa el humano más bien experimento un daño personal de origen externo. Cuando Eva, en su ingenuidad hablo con la serpiente antigua, nos damos cuenta que Satanás, el padre de la mentira, tenía intenciones malévolas contra la creación de Dios. La transgresión, o la desobediencia, no era parte del propósito de la creación. El mal es, por lo tanto, un intruso en la creación que desvirtúa el propósito original de Dios.

 

En el principio Dios creo al hombre y la mujer con el propósito de multiplicarse, de reinar y de sojuzgar la tierra. El huerto del Edén era el punto de partida. Cuando Adán desobedeció, tanto el cómo Eva fueron expulsados del huerto del Edén y no se les permitió entrar mas (Génesis 3:23-24). No estar en el huerto significaba estar fuera de la presencia de Dios; es semejante a ser exiliado a un territorio donde Satanás es su príncipe. Desde este momento en adelante, el propósito de Dios para la creación se replantearía en términos de liberación y redención.

 

En términos espirituales, intuiremos que antes de la caída, Satanás no tenía influencia en la mente y el corazón del ser humano. Pero dándose la transgresión, ellos fueron expulsados de territorio santo a otro donde Satanás ejerce dominio. De esta forma, el hombre y la mujer estaban expuestos a experimentar una vivencia de dolor, sufrimiento, y muerte. La tierra de los espinos y cardos viene a corresponder al exilio y la cautividad humana.

 

El profeta Isaías (760 B.C.) hablo de la venida de un liberador (Isaías 61:1). Esta profecía se cumple en Jesús cuando dijo que el vino a liberar a los cautivos (Lucas 4:18). En la primera parte de este artículo vimos que para el pueblo de Israel, el fin del exilio venía a corresponder al perdón de los pecados, porque dejaban de ser cautivos. En términos de Génesis, la liberación en Cristo pone al ser humano nuevamente en el huerto del Edén. Esto significa el regreso del exilio, el pecado deja de ser el amo, y Satanás deja de tener potestad sobre nuestras vidas. Cuando esto pasa, el propósito original de reinar y sojuzgar la tierra es restaurado nuevamente.

 

Muchos piensan que Cristo vino a reorganizar nuestra vida religiosa. Otros creen que vino para que nos sintamos bien basados en un perdón que va a servir para heredar la vida eterna. Yo diría que pensar y creer así es desconectarse de la teología bíblica y de la realidad humana. Bíblicamente es inconsistente aseverar una salvación futura—después de la muerte—cuando uno está cautivo por el poder del pecado y Satanás. Más bien se debe aseverar la salvación futura en base a una experiencia de liberación por la obra de Cristo! Si no se sabe de qué somos liberados, mucho menos se sabrá para que somos liberados. Liberación es el anhelo de un alma sedienta de justicia. Si por la gracia de Dios hemos sido liberados por Cristo y puestos en el huerto del Edén, tenemos entonces el deber moral de contribuir en predicar el evangelio por toda la tierra para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.” Hechos 26:18.

[1] Stephen Westerholm, Preface to the Study of Paul, Grand Rapids: Eerdmans, 1997, pp 4, 5, 15

Cautividad, Sufrimiento y Salvación (Parte I)

Jesús es el mesías esperado por Israel y como tal tenía una tarea específica y bien definida según las escrituras hebreas, las cuales hoy llamamos Antiguo Testamento. Y por otro lado, desde el punto de vista del Nuevo Testamento, tanto los discípulos de Jesús como el mismo Pablo ligaron la obra de Cristo con el cumplimiento de las escrituras. No obstante, atreves de los siglos, muchos creyentes hemos desarrollado una cristología basada en un Jesús separado de su contexto histórico judío ampliamente expresado en los libros del Antiguo Testamento. Según el apóstol Juan, en una ocasión, el mismo Jesús le dijo a los fariseos: “Porque si vosotros creyeseis a Moisés, me creerías a mí; pues él escribió de mi” (Juan 5:46).

 

Cuando leemos el Antiguo Testamento, nos podemos dar cuenta que la historia del pueblo judío como nación (Israel) apunta al cumplimiento de una promesa que involucra el regreso de Jehová para establecer un reino sempiterno.

 

A lo largo de la narrativa histórica de Israel provista por el Antiguo Testamento, notamos que muchos profetas anunciaron la llegada futura de un rey libertador. Dado que la llegada de tal libertador—o mesías—se encontraba en el consiente colectivo de la nación judía, no es raro encontrar que el evangelio en Mateo, Marcos, Lucas, y Juan está enriquecido de narrativas donde se nos presenta a un Jesús interactuando con su pueblo, persuadiéndolos que en él se cumple lo dicho por los profetas, y que por medio de él, Israel cumpliría el propósito de su llamado que es “ser luz a las naciones”.

 

El Hijo del Hombre como libertador y su real enemigo.

Si lo vemos a la luz de Daniel 7, en este pasaje, el profeta usa un lenguaje apocalíptico para describir la naturaleza de un ser, nombrado Hijo del Hombre, que es puesto en triunfo sobre 4 poderosas bestias que brutalizan y devoran al ser humano. Los judíos concluyeron que al hablar de bestias, el profeta se refería a las naciones enemigas de Israel. Por lo tanto, el Hijo del Hombre esperado destruiría al enemigo del Israel. Esta interpretación pierde su validez total cuando la misma casa de Israel entrega a su Libertador en manos de los romanos para ser crucificado. Quien pues es el enemigo?. El enemigo no son los seres humanos a quienes Cristo ofrece salvación y vida eterna, sino Satanás visto como bestias en el sueño de Daniel. El apóstol Pablo describe al enemigo como principados y potestades de maldad, que cautivan al ser humano y sobre estos principados Cristo triunfa (Efesios 6:12, Colosenses 2:15).

 

Israel y una historia de cautividad.

Dando un ligero vistazo a las narrativas del Antiguo Testamento, Israel surge como nación cuando las 12 tribus de la casa de Jacob fueron liberadas de Egipto por medio de Moisés. En Deuteronomio 28, leemos que Dios hace un pacto con ellos el cual engloba consecuencias de bendición o maldición, de vida o muerte. Es decir, seguir los mandamientos de Dios resultaría en bendición, de lo contrario serían llevados cautivos por otras naciones y vivir en exilio. De Deuteronomio 30:1-5 nos damos cuenta que de antemano Dios sabe que este pueblo no escucharía su voz.

“Sucederá que cuando hubieren venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y te arrepintieres en medio de todas las naciones adonde te hubiere arrojado Jehová tu Dios… entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido Jehová tu Dios.” Deuteronomio 30-1-3

 

De estos versículos se observan dos cosas: a) Dios está dispuesto a perdonar a Israel cuando se arrepintiere, y b) Si la cautividad experimentada es el resultado del pecado, el regreso del exilo viene a corresponder al perdón de los pecados.

 

Mas allá del perdón.

Hoy en día, nosotros hemos limitado el concepto de perdón a una piedad personal, a algo que pasa solamente entre Dios y yo. Desde los tiempos de la reforma (1,517 d.c.), el perdón se ha visto como la lucha personal de una conciencia atormentada. Es un asunto de peco-y-pido-perdón y así sucesivamente a lo largo de la vida para sentirnos en paz con Dios. Sin embargo, de la historia de Israel aprendemos que Dios no estaba solamente lidiando con el pecado personal de cada Israelita.

 

Para el pueblo de Israel ser perdonado por Dios significaba también el fin del exilio y dejar de ser cautivo! Jesús se presentó como libertador, cuando expreso en una sinagoga haber venido para dar libertad a los cautivos (Lucas 4:18). Israel anhelaba ser liberado de su cautiverio por medio de recibir el perdón de Dios. Si traducimos esto a nuestra fe, creer en Jesús como nuestro libertador, no significa sentirse bien por el perdón de un pecado personal, que lo más seguro se vuelva a cometer, mas bien significa ser liberados de quien nos tiene cautivo, Satanás.

 

El teólogo Tom Wright lo ilustra como cuando un tribunal perdona a un prisionero, no le dice: estas perdonado y se le deja en su celda! No tiene sentido! Más bien, el perdón consiste en abrirle la celda para que salga y deje de ser cautivo! Lamentaciones 4:22 ilustra la idea en términos de la cautividad de Israel: “Se ha cumplido tu castigo, oh hija de Sion; Nunca más te hará llevar cautiva.” De esa forma opera el perdón que recibimos al creer en Jesús el Cristo.

 

Ni carne, ni sangre sino poderes espirituales de iniquidad.

La palabra de Dios nos habla de tres poderes que dominan al ser humano: a) El poder del pecado (Efesios 2:5; Romanos 5:12, 7:19-20), b) Las potestades o huestes espirituales de maldad (Colosenses 1:13; Efesios 6:12), y c) Satanás (Juan 8:39-44). Estos tres poderes tienen como objetivo establecer un reino tenebroso de sufrimiento y muerte–Este tema es desarrollado en más detalle en la parte II y III de este artículo.

 

Por ejemplo, cuando Jesús sano a un ciego de nacimiento en el día de reposo, los Fariseos lo juzgaron diciendo: “Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo” (Juan 9:16). Los fariseos creían que guardar el día de reposo agradaba más a Dios que tener misericordia para que un ciego pueda ver. Una mente cautiva en creencias o ideologías es capaz de condenar al mismo hijo de Dios!

 

Basta por ahora decir que la existencia del mal no deja de ser un misterio que históricamente ha desafiado el intelecto del ser humano, y este mal opera independiente del sentimiento de culpa personal. El mal—o la iniquidad—existe y domina a la humanidad mediante estructuras de poder bien sistematizadas y se manifiestan en cada generación en sus diferentes ámbitos políticos, sociales, religiosos, etc.,

 

Las escrituras dan testimonio de Cristo nuestro Salvador

Nosotros hemos aprendido un evangelio con un Jesús alejado de su contexto histórico, es decir, donde la narrativa del Antiguo Testamento no tiene virtualmente mucho o nada que contribuir a la obra liberadora de Cristo. Da la impresión que nuestra fe está limitada a un salvador que sufrió y murió por nuestros pecados para que cuando muramos nos vayamos al cielo. Confesamos que Cristo es nuestro salvador sin tener conciencia del combo que encierra su obra salvífica.

 

Yo contiendo por un evangelio inseparable del Antiguo Testamento y a como este define la misión de Jesús, su muerte y resurrección. El evangelio debe ser coherente a la realidad histórica de Israel, a la de nuestro presente siglo, y a nuestro futuro. Si bien es cierto que la salvación se proyecta hacia el futuro que Dios tiene para los que creen, es decir, nuestra resurrección y la creación de un cielo nuevo y tierra nueva; es igualmente cierto que en el presente, la obra de Cristo nos está liberando de la autoridad de las potestades de maldad.

 

El apóstol Pablo dejo plasmado este mismo sentir en 1 Corintios 15:3-4, “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” “Conforme a las escrituras” es una cláusula que nos indica que la muerte y la resurrección de Cristo están íntimamente ligadas a la historia de Israel narrada en el Antiguo Testamento. Las escrituras son el testimonio de Cristo para que nuestra fe no resulte ser el producto de la imaginación humana.

La Naturaleza Paradójica del Evangelio.

Es muy común escuchar hoy en día: “Declaro en el nombre de Jesús que no tengo cáncer,” “Declaro en nombre de Jesús que este año Dios me dará un nuevo trabajo” y el cáncer continua avanzando y el esperado trabajo resulta en desempleo. La acción de esperar cambios en situaciones adversas,  invocando el nombre de Jesús sin que nada pase,  tiene mucho que ver con nuestro concepto del evangelio y como lo entendemos.

 

El Evangelio en Jesús.

El evangelio nos declara acerca de una persona la cual es Jesús, nos declara que Dios se revelo en Jesús, y nos declara lo que Dios está haciendo por nosotros en Jesús. Esa fue la declaración de las escrituras, la de Jesús mismo, la de los Apóstoles, y debe de ser la todo Cristiano(a) hoy en día.

 

Desde un principio el Antiguo Testamento nos revela que llegara la hora en que Dios se va revelara en una persona, llamada el Mesías, el Enviado, Sumo Sacerdote, Profeta, Príncipe de Paz, Admirable, el Siervo Sufrido, y que este  sería Rey sobre toda la tierra y su imperio no tendrá fin!!! El momento tan esperado por un pueblo sometido por fin llego! Su arribo es proclamado por María Lucas 1:46-45, Zacarías Lucas 1:67-69, Juan el Bautista Lucas 3:1-18.

 

Luego Jesús conecto su misión y su predicación con el Reino esperado diciendo “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado” Marcos 1:15. Jesús, identifica su persona con  la presencia del Reino “Pero si yo por el Espíritu de Dios hecho fuera demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el Reino de Dios” Mateo 12:28. Jesús declara los que componen la nueva sociedad del Reino “los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos, los ciegos, los cojos…” Lucas 4:18-19. Jesús también especifico el carácter de los ciudadanos del Reino “los pobres, mansos, misericordiosos, pacificadores…” Mateo 5:3-2. También asevero que el Reino de Dios no tiene nada que ver con Herodes, o el Cesar, etc.

 

La Paradoja.

Israel esperaba a su poderoso Rey y su Reino tal a cómo millones de personas latinoamericanas anhelaron la caída opresora de las dictaduras. Aquellas revoluciones prometieron una tierra que fluye leche y miel, trabajo, casa, en fin, una vida de esplendor y progreso. Pero aquellos sueños fueron transformados en guerra, muerte, hambre, desnudez, corrupción, desintegración familiar, y finalmente el exilio de millones que buscaron en otras tierras el  fin de sus tribulaciones. Este escenario es el mismo que vivieron los judíos! El Rey fue crucificado, los Judíos fueron perseguidos a muerte, todos terminaron en el exilio—la así llamada diáspora—70 años después de la llegada del ansiado Mesías Israel dejo de existir como nación.

 

¿Qué paso? ¿Para qué querían un Mesías que los llevaría al exilio? ¿Cuál sería la ganancia? ¡Una vez que el pueblo judío dejo de existir no tiene sentido la llegada de un Mesías dado que Israel dejo de ser! ¿Paradójico no lo crees? Suena parecido como aquellas declaraciones que hacemos en el nombre de Jesús pero lo que percibimos es una realidad diferente a la esperada!

 

El sentido del evangelio.

Simplemente, Dios no está actuando por allí! El Mesias venia para las naciones del mundo no solo para Israel. La realidad de Jesús se concretiza en un pueblo llamado Cristianismo y numeroso como la arena del mar! Jesús representa un plan de Dios y no un plan nacionalista. Esta paradoja vivida por el pueblo Judío  debería jugar un rol importantísimo en el conocimiento de los propósitos de Dios en Jesús. Sin embargo, nosotros los cristianos nos encasillamos en nuestra forma de pensar y queremos que Jesús entre en nuestro cajón mental, y andamos declarando que se cambien las situaciones  adversas en el nombre de Jesús, sin conocer la voluntad de Dios.

 

La falta de conocimiento de Jesús  es causa de resignación, desesperación, desasosiego, de un  sin sabor que nos hace sentir poco bendecidos.  Dios no quiere eso. Nosotros por estar enfocado en nuestro universo mental no entendemos a Dios.  ¡Muchas cosas pueden constituir nuestro universo mental!  Una mujer puede buscar su realización personal—“su mundo”—en un esposo.  Jesús dijo a la mujer Samaritana: “…cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido.” ¡La mujer que iba por su posible sexto marido buscando concretar una realización personal se encontró a un Mesías que le dio vuelta a su manera de pensar!  La pregunta obligada es ¿Cómo evitar que la falsa ilusión de nuestro universo mental nos impida conocer a Jesús? Si no tenemos una guía espiritual que nos ayude a entender los laberintos de nuestra realidad mental seriamos dignos de conmiseración.  No podemos apropiarnos de la creencia falsa de que Dios moverá las cosas a nuestro favor con solo declararlo en el nombre de Jesús.  Lo que si les digo con certeza  es  que el Cristiano(a) es uno que se niega a si mismo, que se rinde a Cristo y anhela  que se haga la voluntad soberana de Dios.  Pablo,  estaba enfocado únicamente en alcanzar a Cristo, todo lo de mas lo tenía por basura (Filipenses 3:8). Nuestra realidad mental  está condenada  a sufrir un huracán de adversidades algo así como aquel que edifica su casa sobre la arena. Dios va a cumplir su propósito en nosotros  por medio de Cristo Jesús y tarde o temprano vamos a aprender  que sus caminos no son nuestros caminos, porque Dios en su voluntad soberana nos enseña con una realidad contraria, la paradoja del evangelio.

Ni ojo vio, ni oído oyó: Dios se revela en Jesús.

­Si nos preguntáramos como es Dios, ¿Que dirían las personas? Primeramente pienso que descartarían su aspecto físico porque no lo han visto. Lo que se pueda pensar que Dios es lo más probable estaría influenciado por la experiencia e imaginación personal de cada individuo. La tendencia humana es  conceptualizar a Dios en los siguientes términos: “Dios es amor”, «que está en el cielo», «nos está viendo a todos», «sabe nuestros secretos», «nos ayuda en tiempos malos, y nos va a llevar al cielo y a otros enviara al infierno». Estos conceptos para definir a Dios, con pequeñas variables entre una persona y otra, los teólogos la llaman Teología Espía del Cielo! Es algo así como que si se tuviese la capacidad de predecir cómo opera Dios para con nosotros.

Este concepto de Dios parece ser que está relacionado directamente con la sicología humana de padre y madre. Como niños tenemos padres que nos controlan todo! Cada acción que hace el niño es aprobada o desaprobada por sus padres. El niño está escuchando constantemente lo que es bueno y lo que es malo y consecuentemente se va formando un concepto de moral, es decir, las reglas o las normas que van a regir su conducta. Sin medir consecuencias, cuando el niño quiere hacer algo “malo” se esconde de sus padres para que no lo disciplinen. Bajo ese mismo patrón de pensamiento, cuando somos adultos pecamos y nos sentimos culpables porque le hemos fallado a Dios. Ese sentimiento lo experimentamos cuando nuestros padres no hacían sentir culpables por hacer algo indebido. Por eso es que la sicología informa que el dios en que uno cree está directamente relacionado a la crianza que tuvimos.

Como creyentes, leemos la Biblia asumiendo que ya conocemos al Dios que nos va hablar a través de su palabra. De esta forma leemos por así decir el Antiguo Testamento y lo primero que vemos es un Dios airado, un Dios de premios y castigos, de maldición y de bendición, etc. Con esta forma de leer la Biblia, uno impone su propio  concepto de dios. A eso Dios le llama ignorancia “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” (Oseas 4:6). Tal ignorancia estaba bien representada en un pueblo Judío que aparentemente le costaba demasiado tener a Dios de amigo. Ese puede ser tu concepto de dios, un dios opresor, un dios que nunca está contento, un dios que está muy profundo en la mente humana pero muy lejos de la realidad del verdadero y único Dios.

¿Como una persona logra entender que eso no es Dios? ¿Como puede darse cuenta que tiene un concepto errado? ¿Que opción podríamos tener para escapar de ese círculo vicioso de pensamientos? Jesús es el único que nos puede dar una perspectiva diferente de Dios. Por eso es que el apóstol Pablo dijo de sí mismo Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,” Filipenses 3:8. Si tan solo pudiéramos percibir la intensidad de las palabras de Pablo! Es decir, conceptos, creencias, tradiciones, prácticas, identidad personal, todo es basura!!! El concepto de Dios está plasmado únicamente en la persona de Jesús y como dijo el Señor Jesús, “bienaventurado es el que no encuentre tropiezo en miMateo 11:6.

¿Es Jesús Dios? con base en lo anteriormente dicho, no podemos caer en el error de intentar calzar a Jesús en nuestro concepto personal de dios. Incluso, cuando alguien nos dice que no cree en dios, tenemos que primeramente preguntarnos qué tipo de dios tiene en mente. Para saber que Jesús es la revelación de Dios con nosotros, primeramente tuvo Dios que haberlo dicho y haber descrito la naturaleza de su revelación ultima, y ciertamente lo hizo! Por centenares de anos Dios anuncio—por medio de sus siervos—la forma en que se revelaría a su pueblo. Está plasmado en la historia del Antiguo Testamento que Dios no se mostró a su pueblo tal a como Él es, pero de generación en generación les daba un mensaje de que Él se revelara, reinara y  morara con su pueblo. Pablo cita Isaías 64:4 para describir esta revelación de Dios, “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” I Corintios 2:9. Es decir, el ser humano no puede tener un concepto de quien Dios es a menos de que lo vea revelado en Jesús! Como dice la palabra “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos… Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.” Is. 55:7-8. Por lo tanto, para hablar de Jesús como nuestro Dios, tenemos que aprender reconocer a Jesús no dentro de nuestro concepto que traemos de dios, sino a como está escrito de Él.