Introducción.
En una ocasión Jesús reprendió a los Fariseos de hipócritas porque colaban el mosquito y tragaban el camello—ambos, insecto y animal eran abominación según la ley.[1] Estas palabras surgen en un contexto en el cual Jesús argumentaba que lo central e importante de la ley era la justicia, la misericordia, y la fidelidad. El problema es que los Fariseos tenía una comprensión de la Tora mal enfocada y de esta forma ellos estaban creando una distorsión masiva de la voluntad de Dios para la humanidad. En nuestros días, nosotros podemos caer en el mismo error. Sin ninguna mala intensión más que por ignorancia, gran parte del evangelio que se predica está enfocado en nutrir una espiritualidad privada como una forma de escapar a la realidad de este mundo e irse al cielo después de la muerte. Pero la voluntad de Dios no es que nos escapemos del mundo sino a confrontar al mundo y triunfar sobre él, como dijo Jesús, “Yo he vencido al mundo.” El triunfo de Dios apunta hacia una restauración cósmica, es decir, hacia la creación de nuevo cielo y tierra nueva.[2] Por lo tanto, el evangelio es un poder que tiene como objetivo restaurar una creación que se autodestruye. Veámoslo con la siguiente pregunta, ¿Si el evangelio es la solución, cual es el problema? Lógicamente es el pecado, pero el pecado tiene forma de mosquito y forma de camello. El problema es que estamos colando el mosquito y nos estamos tragando el camello, y ese camello se llama violencia.
La violencia humana es un mal que históricamente ha exhibido su mayor fuerza contra las personas que jugaron el rol más importante en la constitución del evangelio, me refiero a Juan el Bautista y a Jesús. En el asesinato de ambos, notemos como la agenda de Dios confronta la presencia de la violencia humana: Poco antes que Juan el Bautista fuera violentamente decapitado, Jesús dijo, “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.”[3] No mucho después el mismo Jesús fue violentamente crucificado en una cruz romana ante un pueblo que, aunque se consideraba elegido por Dios, gritaba, “su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.”[4] Como resultado de esta barbarie, la cruz—no la cruz que hoy en día hemos domesticado o usado con fines decorativos, sino aquella cruz que en el primer siglo representaba la brutalidad de la violencia humana—ocupo un rol central en la proclamación del evangelio, “porque me propuse no saber nada entre ustedes, sino a Jesucristo, y a éste crucificado.”[5] ¿Porque la cruz? Porque la crucifixión inequívocamente denuncia el grotesco mal innato en el ser humano, la violencia.
Lo que sigue de este ensayo es el análisis de un ritual que encontramos en Deuteronomio 21, el cual tiene que ver con la vocación de Israel de ejercer la justicia de Dios en la tierra. Después, quiero hacer referencia de algunos aspectos críticos concernientes a la violencia contemporánea. Finalmente, quiero concluir describiendo nuestras debilidades como iglesia y el reto que tenemos de frente como pueblo de Dios.
1. La violencia en la antigüedad: Sacrificio vs violencia.
Históricamente los sacrificios que practicaba el antiguo Israel han sido singularmente comprendidos en función de apaciguar la ira de Dios. Esto es un punto para considerar en otro escrito. Lo que quiero elucidar aquí es como los sacrificios ordenados en la Tora tenían una connotación jurídica. De tal forma que la justicia de Dios era responsabilidad de toda la comunidad para contrarrestar factores de riesgo disparadores de la violencia.
En el Antiguo Testamento, específicamente en Deuteronomio encontramos un ritual que se practicaba cuando hubo un homicidio y no se encontró al asesino. Los ancianos y los jueces de las ciudades más cercanas al lugar donde fue hallado el cuerpo sin vida tenían que sacrificar una becerra, lavar sus manos sobre el cuerpo del animal inmolado y decir estas palabras:
«No han derramado nuestras manos esta sangre ni lo han visto nuestros ojos; expía a tu pueblo Israel, a quien redimiste, ¡oh, Señor!, y no imputes la sangre inocente a tu pueblo Israel.» Deuteronomio 21:7-8
La lógica del ritual era que la comunidad entera se hiciera responsable ante Dios quien demandaría de ellos la sangre de la víctima. Por lo tanto, antes de decir esas palabras, los ancianos y los jueces tenían que realizar una intensa búsqueda del homicida y asegurarse que el autor del crimen no era alguno del pueblo, de lo contrario la confesión ante Dios era falsa y comprometían a todo el pueblo ante juicio divino.
No tiene sentido concluir que con sacrificar el animal Dios quedaba contento y el criminal quedaba absuelto. Mas parece que el ritual tenía la intención de comprometer al pueblo a ejercer la justicia demandada por Dios, es decir, había un llamado a los líderes y la comunidad a asumir la responsabilidad de actuar contra la impunidad; el pueblo tenía que ejercer justicia. La práctica de este ritual comprometía a Israel a buscar el bien común de la comunidad, el orden social, y el respeto por la vida. De esta forma se impide que las causas latentes que engendran violencia no se activen y destruyan una nación llamada a ser luz del mundo. Por lo tanto, pensar que la idea de sacrificar un animal inocente para calmar un problema de ira divina dejaria totalmente sin fruto el propósito del ritual.
Dios dio este ritual a Israel para que ellos tengan un mejor manejo de la situación civil y crear una comunidad justa donde la violencia este bajo control. No obstante, el Israel del antiguo testamento, que poseía ese marco jurídico entregado por Dios, tuvo lapsos en su historia donde la práctica de la justicia la transformaron en violencia. El derecho a la vida de sus ciudadanos fue violentado de múltiples formas. Hubo un periodo en particular cuando el pueblo de Israel desvirtuó la Tora, su ley jurídica, y moral. Fue tan grande el desvío que el rito que los hacia responsables de practicar justicia lo transformaron en el horrendo rito de los sacrificios humanos.
“Y derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas,
Que ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán,
Y la tierra fue contaminada con sangre”. Salmo 106:38
¿Pero cómo pudo Israel caer en semejante error o desvío? El sacrificio de niños y niñas es una práctica que violentaba los derechos de los niños. A decir verdad, el niño no decide sacrificarse lo sacrifican. Es alarmante saber cómo los seres humanos puedan llegar a ese nivel de desviación. Aunque el sacrificio de niños probablemente fue impuesto a Israel por las naciones paganas que los dominaban, Israel cedió en pervertir la ley de justicia. Por esa causa, siendo pueblo de Dios, fueron erradicados porque cambiaron la justicia de Dios por la violencia. Increíblemente, después que han pasado más de 2,500 años, estamos repitiendo la historia solo que con una retórica diferente.
2. La violencia moderna.
Recientemente, la BBC Mundo publico la dramática historia de Omran Daqneesh, un niño sirio de 5 años y sobreviviente de los brutales bombardeos de la guerra siria. El reportaje nos provee videos y fotos donde muestran al niño aturdido mientras limpiaba con su mano la sangre que tenía en su frente. Omran nació en medio de una guerra y conflictos imposibles para el de comprender. De igual forma, en un video publicado por el medio británico Channel 4 News titulado “The last hospital in rebel-held Aleppo”, muestra varios niños que están siendo atendidos en un hospital tras sobrevivir a un bombardeo en Alepo (Siria). Llama la atención que los infantes “no lloran,” pero visiblemente el trauma había absorbido sus lágrimas.
A la altura del siglo XXI el dolor y el sufrimiento actual de los niños y niñas de Siria es una vergüenza mundial. No es difícil comprender que el “derrame de sangre inocente” incumbe profundamente el propósito del evangelio como la acción de Dios salvando un mundo que sucumbe en el pecado y la violencia.
Dentro del contexto de la historia humana los asesinatos a mansalva de civiles siempre han existido. Por lo vivido en las guerras mundiales del siglo XX, parece ser que cualquier pueblo—sin importar su grado de desarrollo humano—contiene el germen de la violencia. Este es un mal como la convivencia del trigo y la cizaña, pues resulta que la violencia tiene su raíz bien arraigada en nuestra cultura y en nuestra cosmovisión. Así pues, si hay algo seguro, es que nadie está exento de experimentar una situación violenta en cualquier momento de nuestra vida.
Si bien es cierto que la humanidad ha logrado un avance enorme en el apaciguamiento de la violencia, aun no es suficiente para nuestra seguridad. La historia nos enseña que sociedades con alto desarrollo han caído en las garras de sistemas políticos de horror y de muerte. Basta con remembrar el horrendo genocidio perpetrado por Hitler, el cual nos recuerda el peligro y el poder del odio al prójimo. Aquella Alemania del siglo XX, educada y refrendada por siglos de tradición cristiana, fue seducida por un demente no solo para incurrir en una guerra mundial ilógica, sino para planear y ejecutar el exterminio de millones de judíos a quienes consideraron como una raza inferior.
El 10 de diciembre del 2014, en Ginebra, Suiza, se dio un informe sobre la situación mundial de la prevención de la violencia. El informe da estadísticas de muertes de seres humanos cuya causa es la violencia interpersonal, es decir, la que ocurre entre los miembros de la familia, en la pareja, entre amigos y desconocidos. El documento informa que desde el 2000 al 2014 han muerto 6 millones de personas en el mundo por causa de la violencia interpersonal. Esta cantidad en términos de vidas perdidas es superior a las vidas perdidas de todas las guerras combinadas durante ese período. En su prefacio, el informe dice estas palabras:
“Con frecuencia la violencia azota la vida de la gente durante decenios, dando lugar a la adicción al alcohol y las drogas, la depresión, el suicidio, el abandono escolar, el desempleo y dificultades recurrentes en las relaciones”.
Es interesante el abordaje que el informe hace sobre la violencia, pues lo plantea como causa principal de muchos males sociales y de la salud. Pero no todo es gris en este documento, también pretende que desarrollemos conciencia de que la violencia puede prevenirse y son los gobiernos nacionales los llamados a implementar planes de prevención.
Por otro lado, el informe plantea la existencia de factores de riesgos, que se encuentran latentes en la sociedad, y que de no manejarse adecuadamente funcionaran como disparadores de violencia, entre los factores nombrados tenemos la desigualdad económica, el uso indebido del alcohol, y la atención parental inadecuada.
Ahora bien, si la violencia es un asunto de manejo y de compromiso, tiene sentido el rito de Deuteronomio 21:7-8 al cual me referí antes. El rito apunta a prevenir la violencia y de esta forma evitar el dolor y el sufrimiento causado por la violencia. Así también podemos entender que los judíos “piadosos” de la época antigua, los que seguían la ley, no pensaban en términos de “me siento culpable por mis pecados” sino más bien en términos de responsabilidad social, de justicia, y de retribución al agraviado. Israel, como pueblo elegido, no buscaba alimentar una fe y esperanza que consistía en escapar a un lugar mejor donde no haya más llanto ni más dolor, mas bien, la idea era practicar juicio justo y cosechar sus frutos. A través de Israel, Dios buscaba poner bases de restauración a una humanidad perdida en pecado y en violencia. Implementar la justicia divina es responsabilidad del pueblo de Dios, en tal caso, el enfoque que nos da Jesús es claro, “Buscad el reino de Dios y su justicia, y el resto será añadido.”[6]
Conclusión
A menudo leemos en las redes sociales o escuchamos en la radio y en la televisión predicas donde se pregona que la drogadicción, el alcoholismo, y la prostitución son consecuencias de una vida desordenada o el resultado de prácticas ocultistas. Otros oradores se enfocan en temas sociales más complejos tales como el desempleo, el divorcio, el abandono escolar, la violencia contra la mujer y proponen que estos males son consecuencia de una relación deteriorada con Dios. Otros, más osados, declaran que la depresión y el suicidio tienen origen en la posesión demoníaca. Esa forma de llegarle al dolor y el sufrimiento humano se parece a la de los Fariseos que miraban a las victimas desde un pedestal y les daban el jarabe equivocado. El error de los Fariseos era una mala interpretación de la ley y los profetas.
Si nos basamos en el informe de la prevención mundial de la violencia 2014, la mayoría de estos males son tan solo el efecto de una inadecuada prevención de la violencia. Por lo tanto, los diagnósticos tales como una vida desordenada, prácticas ocultistas, posesiones demoniacas, etc., no conducen a una solución real del problema. ¡Esto es como estar colando el mosquito y tragando el camello! De lo expuesto anteriormente, sabemos que la violencia tiene causas más profundas que subyacen en el entramado social, cultural, y económico de la vida humana.
Habíamos dicho anteriormente que el evangelio es la solución de Dios al problema. Tal evangelio el apóstol Pablo lo describe así, “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.” De este versículo hay mucho que decir y lo que nos interesa aquí es notar la interconexión de las partes: la fe es un don que reside en el creyente, y a través de la fe la justicia de Dios opera en el mundo. Así que, la iglesia es el instrumento que Dios usa para ejercer su justicia en la tierra, y de esto la comunidad de la iglesia primitiva nos dejó un legado invaluable. La fe de aquellos hombres y mujeres de Dios, además de anunciar al Señor, estaba enfocada en minimizar la desigualdad económica, el cual como ya dijimos, es un factor disparador de violencia que se debe controlar.
“Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.”[7]
El apóstol Santiago nos advierte que “una fe viva sin obras es muerta,”[8] dicho en otras palabras la verdadera fe debe demostrarse con acciones. Puesto que no tenemos todo el tiempo del mundo ni toda la riqueza del mundo, estamos llamados a ser efectivos y eficientes. Como cristianos no estamos para andar confundiendo causas aparentes o bien tratando de solucionar problemas sin entenderlos a profundidad. Es menester pues poner nuestra fe a obrar inteligentemente.
El reto que tenemos por delante es desarrollar una fe viva y capaz de generar cambios positivos en nuestra sociedad, es predisponernos a la acción solidaria con los débiles, con las víctimas, con aquellos que lloran y claman la misericordia de Dios. El conocimiento holístico de todos los factores que generan violencia y el involucramiento para minimizarla es el paso hacia la pacificación de este mundo creado por Dios. Si no actuamos asertivamente, dicho en términos del antiguo testamento, es altamente probable que “la sangre de los inocentes nos será demandada”
Bibliografía:
http://www.bbc.com/mundo/media-37118519
https://www.channel4.com/news/the-last-hospital-in-rebel-held-aleppo
http://www.who.int/violence_injury_prevention/violence/world_report/en/summary_es.pdf
http://apps.who.int/iris/bitstream/10665/145089/1/WHO_NMH_NVI_14.2_spa.pdf
[1] Levitico 11:4, 20-23, 33.
[2] 2 Pedro 3:13; Isaias 65:17; Apocalipsis 21:1.
[3] Mateo 11:12.
[4] Mateo 27:25.
[5] 1 Corintios 2:2.
[6] Mateo 6:33.
[7] Hechos 4:33-35.
[8] Santiago 2:20