Cautividad, Sufrimiento, y Salvacion (Parte II)

En la primera parte de este artículo me enfoque en dos conceptos ya conocidos, en Jesús como salvador y el pecado. Vimos también que las narrativas del Antiguo Testamento nos presentan al Mesías como un personaje que libera al ser humano de ser cautivo del pecado. En esta segunda parte quiero enfocar en el concepto de la cautividad y su origen. Muchos tienden a ver la salvación como un evento que sucederá después de la muerte. Aunque la salvación si concierne el futuro, cuando leemos la palabra de Dios, el énfasis de la salvación tiene más peso en una experiencia de redención presente. Porque así? Porque el presente estado del ser humano es explicado bíblicamente como uno que vive en un cautiverio, sometido al poder del pecado, experimentando sufrimiento, y ansiando una liberación.

 

Para muchas personas esto de cautividad y liberación puede sonar como irrelevante o extraño en mero siglo XXI. Sin embargo, cuando Jesús habla de liberar a los cautivos, sus palabras señalan claramente en reconocer la existencia de una potestad maligna como causa y el sufrimiento como una consecuencia negativa que impide vivir con gozo. Por lo general tendemos a ignorar el problema del mal y el sufrimiento en tanto no experimentamos un infortunio doloroso en carne propia. En Lucas 16:19-31 encontramos una parábola de Jesús que nos hace consientes de una realidad malévola donde la injustica y el sufrimiento son sus elementos centrales.

 

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. 20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, 21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. 22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado…”

 

Si leemos cuidadosamente esta parábola, es casi inevitable no experimentar rechazo y juicio contra la ingratitud del rico. Sumado a esto un sentimiento de impotencia nos embarga al comprender que el Lázaro de la parábola muere sufriendo tanto en su cuerpo como en su alma; la dolorosa condición que lo asolaba nunca estuvo bajo su control. Jesús, el maestro por excelencia en redactar parábolas, deja implícito que el único consuelo en vida de Lázaro, dependía de la acción de otro ser humano, y consistía en el afloramiento de un gesto de bondad al menos semejante al sentir de los perros que lamian sus llagas.

 

Para ser honesto, si este escenario no fuera tan real hoy en nuestros días, no me preocuparía por estar escribiendo sobre el mal y el sufrimiento. Pero desafortunadamente es real, y el ser humano ha estado viviendo este drama una y otra vez en el correr de los siglos, antes y después de que esta parábola fuese narrada. El Rico representa la insensibilidad del ser humano que se proyecta en sus sistemas y decisiones. Lázaro representa la victima de esta insensibilidad! Que le impide al rico darle las migajas caídas al suelo para que el pobre experimente un consuelo de bondad? Que lo hace ignorar el dolor y la angustia de un cautivo del hambre y de sus llagas? La absoluta indiferencia del ser humano es alarmante y nos hace pensar que el mal existe y se impone sobre la inteligencia, el sentimiento, y la voluntad humana. Bíblicamente eso es ser cautivo.

 

Como lo explica el apóstol Pablo?

Para Pablo, cautiverio es el resultado del pecado. En Romanos 7:14-25, Pablo habla del pecado como si fuera una persona o como un poder que cautiva al ser humano y lo obliga al mal.

19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí…22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

 

Según Pablo, la intensión primaria del ser humano es hacer el bien pero no puede. Es como si existieran dos personalidades en una, es decir, la voluntad humana como un esclavo se somete al pecado como su amo. El pecado es como un agente ajeno dentro de nosotros mismos, y es potencialmente destructivo para la persona misma o para otros. “Miserable de mí!” Exclama Pablo, “Quien me librara de este cuerpo de muerte?” Romanos 7:24. Todo ser humano puede a través de un razonamiento consciente entender que hay un problema en su corazón y que no lo puede resolver o eliminar.

 

De Pablo aprendemos que en la voluntad humana el querer el bien precede el obrar en maldad. Quiere decir que en principio el ser humano no fue diseñado con un mal inherente. Si el ser humano fue creado sin maldad inherente, entonces tenemos que ver el mal como una interrupción del bien o como un parasito que depende de la existencia primaria del bien.[1] En tal caso, es de esperarse que Dios va intervenir con un acto de liberación del mal tal como es declarada en la oración magistral del Padre Nuestro, “líbranos de todo mal…”

 

El génesis de la cautividad y la intervención divina.

La narrativa de Génesis 3 nos confirma que el ser humano no es el origen del mal. Al contrario, según la narrativa el humano más bien experimento un daño personal de origen externo. Cuando Eva, en su ingenuidad hablo con la serpiente antigua, nos damos cuenta que Satanás, el padre de la mentira, tenía intenciones malévolas contra la creación de Dios. La transgresión, o la desobediencia, no era parte del propósito de la creación. El mal es, por lo tanto, un intruso en la creación que desvirtúa el propósito original de Dios.

 

En el principio Dios creo al hombre y la mujer con el propósito de multiplicarse, de reinar y de sojuzgar la tierra. El huerto del Edén era el punto de partida. Cuando Adán desobedeció, tanto el cómo Eva fueron expulsados del huerto del Edén y no se les permitió entrar mas (Génesis 3:23-24). No estar en el huerto significaba estar fuera de la presencia de Dios; es semejante a ser exiliado a un territorio donde Satanás es su príncipe. Desde este momento en adelante, el propósito de Dios para la creación se replantearía en términos de liberación y redención.

 

En términos espirituales, intuiremos que antes de la caída, Satanás no tenía influencia en la mente y el corazón del ser humano. Pero dándose la transgresión, ellos fueron expulsados de territorio santo a otro donde Satanás ejerce dominio. De esta forma, el hombre y la mujer estaban expuestos a experimentar una vivencia de dolor, sufrimiento, y muerte. La tierra de los espinos y cardos viene a corresponder al exilio y la cautividad humana.

 

El profeta Isaías (760 B.C.) hablo de la venida de un liberador (Isaías 61:1). Esta profecía se cumple en Jesús cuando dijo que el vino a liberar a los cautivos (Lucas 4:18). En la primera parte de este artículo vimos que para el pueblo de Israel, el fin del exilio venía a corresponder al perdón de los pecados, porque dejaban de ser cautivos. En términos de Génesis, la liberación en Cristo pone al ser humano nuevamente en el huerto del Edén. Esto significa el regreso del exilio, el pecado deja de ser el amo, y Satanás deja de tener potestad sobre nuestras vidas. Cuando esto pasa, el propósito original de reinar y sojuzgar la tierra es restaurado nuevamente.

 

Muchos piensan que Cristo vino a reorganizar nuestra vida religiosa. Otros creen que vino para que nos sintamos bien basados en un perdón que va a servir para heredar la vida eterna. Yo diría que pensar y creer así es desconectarse de la teología bíblica y de la realidad humana. Bíblicamente es inconsistente aseverar una salvación futura—después de la muerte—cuando uno está cautivo por el poder del pecado y Satanás. Más bien se debe aseverar la salvación futura en base a una experiencia de liberación por la obra de Cristo! Si no se sabe de qué somos liberados, mucho menos se sabrá para que somos liberados. Liberación es el anhelo de un alma sedienta de justicia. Si por la gracia de Dios hemos sido liberados por Cristo y puestos en el huerto del Edén, tenemos entonces el deber moral de contribuir en predicar el evangelio por toda la tierra para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.” Hechos 26:18.

[1] Stephen Westerholm, Preface to the Study of Paul, Grand Rapids: Eerdmans, 1997, pp 4, 5, 15

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