Jesús es el mesías esperado por Israel y como tal tenía una tarea específica y bien definida según las escrituras hebreas, las cuales hoy llamamos Antiguo Testamento. Y por otro lado, desde el punto de vista del Nuevo Testamento, tanto los discípulos de Jesús como el mismo Pablo ligaron la obra de Cristo con el cumplimiento de las escrituras. No obstante, atreves de los siglos, muchos creyentes hemos desarrollado una cristología basada en un Jesús separado de su contexto histórico judío ampliamente expresado en los libros del Antiguo Testamento. Según el apóstol Juan, en una ocasión, el mismo Jesús le dijo a los fariseos: “Porque si vosotros creyeseis a Moisés, me creerías a mí; pues él escribió de mi” (Juan 5:46).
Cuando leemos el Antiguo Testamento, nos podemos dar cuenta que la historia del pueblo judío como nación (Israel) apunta al cumplimiento de una promesa que involucra el regreso de Jehová para establecer un reino sempiterno.
A lo largo de la narrativa histórica de Israel provista por el Antiguo Testamento, notamos que muchos profetas anunciaron la llegada futura de un rey libertador. Dado que la llegada de tal libertador—o mesías—se encontraba en el consiente colectivo de la nación judía, no es raro encontrar que el evangelio en Mateo, Marcos, Lucas, y Juan está enriquecido de narrativas donde se nos presenta a un Jesús interactuando con su pueblo, persuadiéndolos que en él se cumple lo dicho por los profetas, y que por medio de él, Israel cumpliría el propósito de su llamado que es “ser luz a las naciones”.
El Hijo del Hombre como libertador y su real enemigo.
Si lo vemos a la luz de Daniel 7, en este pasaje, el profeta usa un lenguaje apocalíptico para describir la naturaleza de un ser, nombrado Hijo del Hombre, que es puesto en triunfo sobre 4 poderosas bestias que brutalizan y devoran al ser humano. Los judíos concluyeron que al hablar de bestias, el profeta se refería a las naciones enemigas de Israel. Por lo tanto, el Hijo del Hombre esperado destruiría al enemigo del Israel. Esta interpretación pierde su validez total cuando la misma casa de Israel entrega a su Libertador en manos de los romanos para ser crucificado. Quien pues es el enemigo?. El enemigo no son los seres humanos a quienes Cristo ofrece salvación y vida eterna, sino Satanás visto como bestias en el sueño de Daniel. El apóstol Pablo describe al enemigo como principados y potestades de maldad, que cautivan al ser humano y sobre estos principados Cristo triunfa (Efesios 6:12, Colosenses 2:15).
Israel y una historia de cautividad.
Dando un ligero vistazo a las narrativas del Antiguo Testamento, Israel surge como nación cuando las 12 tribus de la casa de Jacob fueron liberadas de Egipto por medio de Moisés. En Deuteronomio 28, leemos que Dios hace un pacto con ellos el cual engloba consecuencias de bendición o maldición, de vida o muerte. Es decir, seguir los mandamientos de Dios resultaría en bendición, de lo contrario serían llevados cautivos por otras naciones y vivir en exilio. De Deuteronomio 30:1-5 nos damos cuenta que de antemano Dios sabe que este pueblo no escucharía su voz.
“Sucederá que cuando hubieren venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y te arrepintieres en medio de todas las naciones adonde te hubiere arrojado Jehová tu Dios… 3 entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido Jehová tu Dios.” Deuteronomio 30-1-3
De estos versículos se observan dos cosas: a) Dios está dispuesto a perdonar a Israel cuando se arrepintiere, y b) Si la cautividad experimentada es el resultado del pecado, el regreso del exilo viene a corresponder al perdón de los pecados.
Mas allá del perdón.
Hoy en día, nosotros hemos limitado el concepto de perdón a una piedad personal, a algo que pasa solamente entre Dios y yo. Desde los tiempos de la reforma (1,517 d.c.), el perdón se ha visto como la lucha personal de una conciencia atormentada. Es un asunto de peco-y-pido-perdón y así sucesivamente a lo largo de la vida para sentirnos en paz con Dios. Sin embargo, de la historia de Israel aprendemos que Dios no estaba solamente lidiando con el pecado personal de cada Israelita.
Para el pueblo de Israel ser perdonado por Dios significaba también el fin del exilio y dejar de ser cautivo! Jesús se presentó como libertador, cuando expreso en una sinagoga haber venido para dar libertad a los cautivos (Lucas 4:18). Israel anhelaba ser liberado de su cautiverio por medio de recibir el perdón de Dios. Si traducimos esto a nuestra fe, creer en Jesús como nuestro libertador, no significa sentirse bien por el perdón de un pecado personal, que lo más seguro se vuelva a cometer, mas bien significa ser liberados de quien nos tiene cautivo, Satanás.
El teólogo Tom Wright lo ilustra como cuando un tribunal perdona a un prisionero, no le dice: estas perdonado y se le deja en su celda! No tiene sentido! Más bien, el perdón consiste en abrirle la celda para que salga y deje de ser cautivo! Lamentaciones 4:22 ilustra la idea en términos de la cautividad de Israel: “Se ha cumplido tu castigo, oh hija de Sion; Nunca más te hará llevar cautiva.” De esa forma opera el perdón que recibimos al creer en Jesús el Cristo.
Ni carne, ni sangre sino poderes espirituales de iniquidad.
La palabra de Dios nos habla de tres poderes que dominan al ser humano: a) El poder del pecado (Efesios 2:5; Romanos 5:12, 7:19-20), b) Las potestades o huestes espirituales de maldad (Colosenses 1:13; Efesios 6:12), y c) Satanás (Juan 8:39-44). Estos tres poderes tienen como objetivo establecer un reino tenebroso de sufrimiento y muerte–Este tema es desarrollado en más detalle en la parte II y III de este artículo.
Por ejemplo, cuando Jesús sano a un ciego de nacimiento en el día de reposo, los Fariseos lo juzgaron diciendo: “Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo” (Juan 9:16). Los fariseos creían que guardar el día de reposo agradaba más a Dios que tener misericordia para que un ciego pueda ver. Una mente cautiva en creencias o ideologías es capaz de condenar al mismo hijo de Dios!
Basta por ahora decir que la existencia del mal no deja de ser un misterio que históricamente ha desafiado el intelecto del ser humano, y este mal opera independiente del sentimiento de culpa personal. El mal—o la iniquidad—existe y domina a la humanidad mediante estructuras de poder bien sistematizadas y se manifiestan en cada generación en sus diferentes ámbitos políticos, sociales, religiosos, etc.,
Las escrituras dan testimonio de Cristo nuestro Salvador
Nosotros hemos aprendido un evangelio con un Jesús alejado de su contexto histórico, es decir, donde la narrativa del Antiguo Testamento no tiene virtualmente mucho o nada que contribuir a la obra liberadora de Cristo. Da la impresión que nuestra fe está limitada a un salvador que sufrió y murió por nuestros pecados para que cuando muramos nos vayamos al cielo. Confesamos que Cristo es nuestro salvador sin tener conciencia del combo que encierra su obra salvífica.
Yo contiendo por un evangelio inseparable del Antiguo Testamento y a como este define la misión de Jesús, su muerte y resurrección. El evangelio debe ser coherente a la realidad histórica de Israel, a la de nuestro presente siglo, y a nuestro futuro. Si bien es cierto que la salvación se proyecta hacia el futuro que Dios tiene para los que creen, es decir, nuestra resurrección y la creación de un cielo nuevo y tierra nueva; es igualmente cierto que en el presente, la obra de Cristo nos está liberando de la autoridad de las potestades de maldad.
El apóstol Pablo dejo plasmado este mismo sentir en 1 Corintios 15:3-4, “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” “Conforme a las escrituras” es una cláusula que nos indica que la muerte y la resurrección de Cristo están íntimamente ligadas a la historia de Israel narrada en el Antiguo Testamento. Las escrituras son el testimonio de Cristo para que nuestra fe no resulte ser el producto de la imaginación humana.